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martes, 13 de mayo de 2014

Epílogo

Último mensaje a casa
R
ayaba el alba. Todavía no alcanzaba a verse el sol, pero el manto de oscuridad que reposaba sobre el bosque en aquella noche sin estrellas empezaba a difuminarse y ante mis ojos aparecían las difusas siluetas de los árboles. En aquel momento todo era gris, más oscuro en los troncos, más claro en las hojas, pero gris al fin y al cabo, como si viviese en una película en blanco y negro. Agucé el oído, intentando percibir cualquier cosa que escapase a mi poco efectiva vista, pero el silencio se convirtió en el sinónimo del gris.
Convencida de que tenía a la soledad como único acompañante, me senté en el suelo a esperar el retorno de mi compañero. Aunque solo llevábamos una semana de viaje, ya me había acostumbrado a sus desapariciones nocturnas y ya no me asustaba despertar y verme sola, pues sabía que él se estaba ocupando de “asuntos en los que era mejor no inmiscuirme” y que volvería de un momento a otro.
El sol fue asomando vergonzosamente tras las copas de los árboles lejanos y los colores se mostraron ante mí, muy pálidos, creándome la extraña sensación de tener la vista cansada. Y, entre los árboles, me llegó el suave crujido de las hojas rompiendo bajo los pies de una persona. Me puse en pie y desplegué las alas, convencida de que Samuel sería la única persona que podría estar en una zona del bosque tan alejada de cualquier cosa y, después de mi larga espera, estaba ansiosa por continuar el viaje.
Supe que algo iba mal al sentir aquel escalofrío. Me puse en tensión.
Pero era demasiado tarde.
Una figura se lanzó hacia mí como una flecha y yo retrocedí al intentar evitarla. Trastabillé y caí, haciendo desaparecer mis alas para no dañarlas en la caída. Nunca me había considerado especialmente fuerte, pero era ágil y rápida, así que tenía la esperanza de poder esquivar los golpes de mi atacante el tiempo suficiente. Pero antes de que pudiese llegar a sentarme con la espalda recta, él había embestido nuevamente en mi dirección y algo me golpeó la nariz. Caí tendida en el suelo, gruñendo de dolor, ¿con que me había golpeado? ¿Con la rodilla? ¿Con el pie? Un sabor metálico llegó a mi boca y supuse que sería la sangre que goteaba desde mi nariz. Mi vista estaba nublada, como mi mente, y no pude hacer nada para evitar que aquella figura de alas blancas me inmovilizase en el suelo, colocándose sobre mí. Me retorcí inútilmente y farfullé cosas que no sonaban a palabras y que nunca conseguirían convencer a mi adversario para que me soltase, mientras que él gruñía sobre mí, por el esfuerzo de mantenerme apresada. Mi vista, ahora más clara, alcanzó a ver como el hombre (era lo único que había conseguido distinguir de él, que era un hombre) levantaba un brazo por encima de su cabeza, mientras que con el otro sujetaba mis manos. Y, en su brazo elevado, un juramento de muerte: un enorme cuchillo.
El miedo que sentía en ese momento, sabiendo que no podría evitar el impacto del arma, me inundaba de manera indescriptible y recordé una frase que Samuel me había dicho poco más de una semana antes: Es asquerosamente irónico que para apreciar las cosas que realmente valen la pena en esta vida tenga que estar a las puertas de la muerte.
Era cierto. Solo en ese momento era capaz de valorar verdaderamente todo lo que amaba, todo lo que me había dado la vida y todo lo que estaba a punto de serme arrebatado de las manos sin que yo pudiese hacer nada.
Un repentino ataque de rabia me inundó ante esa impotencia y decidí que, si iba a morir, lo haría mirando a los ojos de mi asesino y no ocultando la cara. Así que aunque mi sentido común solo quería cerrar los ojos con fuerza y desear que todo acabase rápido, clavé mi mirada en el muchacho (entonces vi que no sería mucho mayor que yo) que estaba sobre mí, con sus enormes alas blancas tapando la luz del sol que ya estaba más alto sobre nosotros.
Tenía la cara alargada y de rasgos delicados, con nariz fina que resaltaba aún más la suavidad de su rostro. Su boca, de labios delgados, estaba apretada en muestra de tensión. El liso pelo azabache caía desordenado a causa de la pelea sobre una frente de piel morena y sus cejas se fruncían sobre unos ojos grandes igual de oscuros, que, aunque supuse que deberían transmitirme miedo e ira, no lo hacían. Sentí un escalofrío ante la extraña sensación de haberlo visto antes que me inspiraba su mirada y me preparé para recibir el golpe.
Su brazo no descendió y la presión que él ejercía sobre mí disminuyó. Sus ojos, que estaban clavados en los míos, se abrieron aún más y esa mirada, que parecía toda pupila, mostró una emoción que no llegué a distinguir. Sus labios se entreabrieron y temblaron un segundo antes de decir:
—¿Kat?
Abrí la boca en un extraño arrebato de convencimiento, pero antes de que pudiese articular una palabra, una nueva flecha alada, esta vez negra, arremetió contra el muchacho, quien dejó caer el cuchillo e hizo desaparecer sus alas para caer de espaldas sobre el suelo, con Samuel sobre él. Forcejearon, intentando golpearse al contrincante antes de recibir su golpe. Me incorporé en la hierba, confundida. Todo había pasado muy rápido. Un grito de dolor proveniente de uno de los chicos me trajo de vuelta a la realidad; Samuel había golpeado en la nariz al otro chico.
—¡Samuel, para! —o bien o me escuchó, o bien optó por ignorarme. Así que cogí aire y grité con fuerza —: ¡Samuel, detente, es amigo mío!
Samuel se quedó congelado y giró lentamente la cabeza para mirarme, claramente confuso. El otro chico aprovechó el momento para apartarlo de encima de él y escurrirse de su agarre. Ambos se pusieron en pie, mirándose mutuamente con desconfianza.
—¿Amigo tuyo? —repitió Samuel — ¡Si iba a matarte! —añadió, haciendo un gesto con la mano hacia el cuchillo que descansaba en el suelo. El muchacho moreno miró primero al cuchillo, luego a Samuel y, finalmente, a mí. Le sostuve la mirada y sentí como mi respiración temblaba.
—Ethan… —susurré. Tenía ganas de correr hacia él y abrazarle, pero temía que se asustase, lo que no me extrañaría, teniendo en cuenta todo lo que acababa de ocurrir.
—Yo… no sabía que eras tú. No quería hacerte daño —me dijo, mirando al suelo. No era difícil ver que se encontraba incómodo y no podía culparle. Sin embargo, el hecho de verle así, frotándose los brazos simplemente porque no sabía qué hacer con las manos, me hizo avanzar hasta su lado y, lentamente, para demostrarle que no era peligrosa, lo abracé. Vaciló un segundo antes de corresponder mi abrazo con fuerza. Aspiré su aroma con fuerza y, aunque había cambiado, todavía me pareció diferenciar el olor que yo identificaba con el sol y mi, por llamarla de algún modo, primera vida.
—Ethan… —repetí, incapaz de decir ninguna otra cosa. Estaba empezando a sentir un nudo en la garganta.
Se separó ligeramente de mí, pero todavía me agarraba por los brazos. Me escrutó con cuidado y masculló:
—¿Qué te ha pasado, Kat? No me lo puedo creer. Yo te conozco, Kat, sé que no podrías odiar tanto como para… —su voz se apagó poco a poco y en sus ojos vi reflejado algo similar al dolor.
 Abrí la boca para responder, pero la cerré con rapidez, sin saber qué decir.
—Y no lo es.
Ethan se giró para mirar a Samuel, quien había hablado.
—¿Quién eres tú? —preguntó el moreno con desconfianza mirando a las enormes alas negras que Samuel todavía lucía. Parecía que el simple hecho de la interrupción de Samuel le había impedido reparar en el significado de las palabras. El rubio sonrió ligeramente, como para intentar demostrar que era inofensivo.
—Samuel, el novio de Kat y culpable de… todo.
Ethan abrió mucho los ojos y levantó las cejas, sorprendido por la respuesta. A pesar de la situación, no pude evitar sonreír ligeramente al volver a ver esas expresiones que tan familiares me resultaban. Sin embargo, no tardó en endurecer su expresión, como si por fin hubiese reparado en las palabras de mi novio, y, mirando a Samuel fríamente a los ojos, preguntó con voz de hielo:
—¿Por qué lo hiciste?
Fue como si la frialdad de esas palabras congelase la sonrisa de Samuel. Su mirada verde me consultó un segundo antes de volver a clavarse en Ethan. Aunque su boca no articuló ningún sonido, mantuvo fríamente la mirada del otro joven, como si fuese un duelo. Esta vez me obligué a responder, rompiendo la tensión que empezaba a palparse en el aire y a manifestarse en el cuerpo tenso de los dos ángeles:
—Porque yo se lo pedí.
Ambas miradas se clavaron entonces en mí. Escogí sostener la de Ethan porque al fin y al cabo era con él con quien estaba hablando y pude apreciar la confusión en sus ojos negros. Me mordí el interior de la mejilla, preguntándome hasta que punto era bueno que Ethan supiese todo aquello. Hacía unos cinco años que no le veía, pero cuando vivía en Natonville él había sido mi mejor amigo y mi compañero de confidencias, y yo todavía podía sentir parte de esa complicidad cuando le miraba. Con un suspiro, añadí:
—Será mejor que te lo cuente desde el principio.
Samuel se retiró un poco y nosotros nos sentamos en el suelo, uno enfrente del otro. Tras unos minutos hablando, por fin acabé de relatarle todo lo ocurrido en los últimos meses. Su expresión de concentración dejó pasó a la sorpresa.
—Si te soy sincero, Kat, no sé qué decir —susurró, mirándome a los ojos.
—No tienes que decir nada… —me apresuré a apuntar. Sin embargo, él ya había encontrado las palabras.
—¿Crees que después de haberte convertido en ángel negro —me pareció que le costaba pronunciar el término —sigues teniendo esa cosa que buscan de ti?
No respondí al momento, porque estaba evaluando la pregunta. No me había parado a contemplar esa posibilidad, así que no tenía una respuesta para ella.
—No tengo ni idea —respondí con sinceridad —, pero sea cual sea la respuesta, no hay nada que pueda hacer sin saber qué es esa cosa. Así que prefiero no pensar en ello. ¡Pero ya está bien de hablar de mí! —exclamé en un intento de desviar la conversación —¿Qué hay de ti? ¿Qué haces aquí?
Aunque Samuel y yo más que viajar a algún sitio, deambulábamos sin rumbo, solíamos consultar mapas y no recordaba haber visto el pueblo costero en el que vivía de pequeña en ningún mapa. Es más, creía que estábamos en el interior todavía.
—Estoy de camino a mi nueva casa; mi familia y yo nos mudamos.
— ¿Sí? ¿Por qué?
—Mi abuela ha muerto… No tienes que fingir que lo sientes, no le tenía especial cariño, apenas la conocía. Como mi madre era la única hija a la que no odiaba, nos lo dejó todo en herencia y mi padre aprovechó la ocasión para marcharse de allí. Al igual que a tu padre, no le convencía Natonville para entrenarnos a Lena y a mí, aunque, claro, ella todavía no entrena…
—¿Lena? —le corté, confundida.
Él me miró un segundo y parpadeó, tan confundido como yo. Luego, exclamó:
—¡Ah, claro! Tú todavía no lo sabes… He tenido una hermana —sonrió y pude apreciar un deje de orgullo en sus palabras.
—¡Eso es genial! —respondí sonriendo mucho —¿Y a dónde os vais a vivir?
—A un pueblo pequeño… —contestó —. Codeeral, se llama.
Me quedé de piedra. Durante un segundo mi cerebro y mi corazón se detuvieron para luego ponerse a funcionar con un frenetismo fuera de lo común. Una marea de sentimientos confusos me llenaron por dentro. Desde mi marcha, no había dedicado mucho tiempo a pensar en todo lo que había dejado atrás, pero en ese momento todo cayó sobre mí con el precio de una enorme roca.
—¿Kat? ¿Te pasa algo?
—Codeeral… Es dónde vivía yo —dije simplemente, incapaz de hablar más por culpa del nudo que se había formado en mi garganta. «Vivía, no vivo. Vivía, no vivo» resonaba en mi cabeza.
Ethan tampoco parecía saber qué decir. Me miró en silencio, con sus grandes y expresivos ojos negros dándome el apoyo que no podía darme con palabras.
—¿Me…? —la voz se me quebró y tosí — ¿Me podrías hacer un favor?
—Claro —dijo sin dudar.
Yo, por mi parte, sí dude. No me veía del todo capaz de formular mi petición sin que la voz se me rompiese.
—No puedes contarle a nadie que nos has visto aquí. Pero cuando veas a… a mi madre, dile que me hubiese…. Que me hubiese gustado poder despedirme de ella. Y que… fue una de las pocas cosas que me hizo pensar en quedarme. No le digas donde nos viste. O cuando. No dejes que se lo cuente a mi padre. Pero que sepa… que la quiero —a estas alturas mis ojos ya se habían llenado de lágrimas que yo intentaba retener. No porque me avergonzase llorar delante de Ethan, su presencia me hacía sentir confianza y no me importaba mostrarme débil ante él. Pero no quería mostrarme débil ante mí misma. Había llegado a engañarme a mí misma diciéndome que era fuerte, pero era obvio que no lo era.
—Lo haré, Kat. Ten por seguro que lo haré.
Y, antes de que pudiese murmurar un “gracias” ya estaba envuelta en los brazos de mi viejo amigo y las lágrimas habían ganado la batalla. Mientras que me estrechaba con fuerza me permití dejarlas marchar, intentando expulsar con ellas parte del dolor. Con los labios cerca de mi oído, Ethan murmuró:
—Se hace tarde… Debo irme antes de que mi padre se extrañe de mi tardanza.
Me separé de él y me sequé las lágrimas de las mejillas con el dorso de la mano que tenía libre, pues Ethan había estrechado la otra entre las suyas.
—Está bien… —hipé —. Y, Ethan, en el instituto busca a Cassie y Nathan. Son buena gente… qué digo, son geniales. Ella sabe lo de los ángeles… a ella también puedes decirle que la echo de menos.
—Está bien —respondió, dándome un apretón en la mano antes de soltarla y separarse un poco —. Me alegro de haberte visto de nuevo. Volveré a echarte de menos.
Dejó caer un suave beso en mi mejilla. Sonreí un poco con la expresión.
—Yo también volveré a echarte de menos.
Mientras le veía perderse de nuevo entre los árboles, sentí un pedacito de mi alma separarse de mí. Y ese pedazo se iba con él, a Codeeral. Porque ya no valía la pena engañarme diciéndome que había dejado todo eso atrás. Una parte de mí siempre estaría con mi familia y mis amigos, sin duda, pero cuando Samuel me abrazó por detrás y me besó en la cabeza, me aseguré de que había hecho lo correcto.




FIN DE LA PRIMERA PARTE

martes, 22 de abril de 2014

Capítulo 43

Nota: Este es el último capítulo de la primera parte (aunque subiré un epílogo) y es algo más largo que los capítulos habituales, casi el doble. Pensé en subirlo por partes, pero nunca he cortado un capítulo y no me apetecía que este fuese el primero (además de que no sabía por donde cortarlo). Después de subir el epílogo subiré una entrada para explicaros como es debido lo que haré después.
Y, dicho esto, espero que os guste el capítulo :)

****
La despedida
L
e estreché con fuerza entre mis brazos y una sensación desagradable me recorrió al sentir su silueta tan delgada y débil, pero no me separé de él. Había echado tanto de menos su contacto, su calor, sus labios. Lo había recuperado… todo se me antojaba un sueño demasiado bonito, y sentía pánico a poder despertar de un momento a otro.
Y así fue. En cuanto nos separamos mi burbuja de emociones estalló con estrépito. Samuel iba a marcharse, no lo había recuperado.
Retrocedí, sintiéndome mal conmigo misma. Era como si mi cuerpo pesase mucho más que normalmente y el escozor de mis ojos no hacía más que empeorar. Aparté con violencia una silla y me senté a la mesa, tapándome la cara con las manos y negando con la cabeza, como si eso fuese a servir de algo. Samuel apartó otra silla y se sentó. Parecía estar más calmado que yo, pero también se movía como si su cuerpo pesase más de lo habitual.
—Kat… —comenzó a decir con voz suave. No reaccioné a su llamada, pero él siguió hablando de todas formas —. Sé que es duro, pero tenemos que…
Guardó un repentino silencio y yo levanté ligeramente la cabeza para mirarlo. No parecía que fuese a acabar la frase, porque tenía los labios fuertemente fruncidos y la mirada clavada en el libro que yo había dejado antes sobre la mesa. Fruncía el ceño como si estuviese ligeramente confuso, pero había un brillo de determinación en su mirada.
—Yo conozco esta leyenda —dijo finalmente. Pegué un pequeño respingo al escucharlo,  mientras Samuel cogía una de las notas de Cassie y la leía. Estiré el cuello para poder leer también desde mi posición y vi que era la que hablaba de que existía más de una manera de convertirse en ángel negro. Vi a Samuel esbozar una media sonrisa amarga al leerlo.
—¿Y bien? ¿Es posible o es un simple cuento? —le apuré.
—No sé si ocurrió o no, pero podría haber ocurrido —respondió al tiempo que tomaba otra de las notas de Cassie —. Quiero decir, sí que es posible convertirse por otros métodos que el odio. Es una simple fluctuación de energía y funciona como cualquier otra. En las transformaciones normales la energía oscura se fabrica en el interior de uno mismo y se extiende por el cuerpo. En el caso de la leyenda la energía oscura tiene una fuente externa, pero termina por extenderse por el cuerpo de todas formas.
Reparé en el papel que tenía ahora en la mano. Era la nota que hablaba de él. Sentí un fuerte nudo en la garganta, pero aún así me forcé a preguntar:
—¿Tú…?
—No —me cortó —. Yo me convertí… por el método tradicional —su mirada se topó con la mía y vi que sus ojos reflejaban cansancio, como si el simple hecho de pensar en eso le agotase. Asentí con la cabeza, pero no dije nada. Samuel cogió la última nota, que trataba del poder necesario para llevar esa conversión a cabo, y tras leerla la volvió a dejar en la mesa sin decir nada.
—¿Tiene razón? —inquirí, reacia a quedarme sin saber.
—Sí y no… Depende de la situación, Kat.
—No entiendo a qué te refieres.
Tomó aire con fuerza y apartó la mirada un segundo antes de volver a posarla en mí y responder:
—Como te dije antes, es una fluctuación de energía. Si la persona que recibe esa energía se opone a ella, quien la envía debe tener la fuerza suficiente como para derribar las barreras del otro y obligar a esa energía a entrar; en ese caso sí se necesita una cantidad increíble de poder para poder provocar el cambio. Sin embargo, si quien absorbe esa energía lo hace por voluntad propia… la energía entra con mucha mayor facilidad, tanto que cualquiera podría hacerlo.
Asentí ausentemente. Luego, despacio, tomé su mano y murmuré con un hilo de voz:
—¿Quieres decir que si yo ahora te lo pidiese tú podrías…?
Lo dije sin pensar, más como una pregunta inocente y curiosa que como una verdadera proposición, pero Samuel se lo tomó más en serio.
—No —rugió antes de que yo pudiese acabar la frase. La dureza de su voz me provocó un escalofrío, pero no solté su mano. Antes de que pudiese replicar, siseó —: Ni lo pienses, Kat.
—¿Por qué? —mascullé.
—No te haría pasar por eso.
Dudé un segundo. Luego dije, hablando en voz baja, como si fuese un tema demasiado complicado como para hablar de él en voz alta:
—¿Duele? Podría aguantarlo si eso me permite estar contigo, Samuel.
—Te necesito tanto  como al aire que respiro, pero no te puedo obligar a que te conviertas en lo que yo soy. No te puedo hacer pasar ese infierno. El cambio no duele en absoluto, en realidad, es casi agradable: cierras los ojos y te rindes a todo, te dejas llevar por la suave corriente que te arrastra. Pero, luego, abres los ojos. Y comienza el dolor. Pierdes todo lo que tenías; tu familia, tus amigos, tu casa, tu vida. Lo pierdes absolutamente todo. Y una vez que se te escapa de las manos… es casi imposible recuperarlo.
Callé. Aquello no era lo que esperaba escuchar. Sentí el impulso de abrazarlo, abrazarlo con mucha fuerza y decirle que, aunque había perdido todo eso, siempre podría contar conmigo, que siempre estaríamos juntos. Pero no podía, porque no era cierto.
La mirada de Samuel se perdió en un punto por encima de mi hombro. Me giré para ver lo que miraba y reprimí un gruñido. El reloj. Cuando me volví de nuevo hacia él, sus ojos se habían clavado en mí y una horrible verdad se reflejaba en ellos: debía marcharse, y necesitaba el tiempo. Se incorporó lentamente y me tendió la mano mientras susurraba, con voz rota:
—¿Me acompañas hasta el bosque?
No pude reprimir las lágrimas, que rodaron libres por mis mejillas, pero conseguí tragarme un sollozo y girar la cara a tiempo para que él no apreciase mis pómulos húmedos. Agarrados de la mano, salimos fuera y caminamos hasta el final del jardín, donde nacía el bosque. Me costaba tragar saliva y el escozor de mis ojos se había convertido en una quemazón insoportable. Mis pasos temblorosos e inseguros no contribuían a hacerme sentir segura. Al mirar de reojo a Samuel, pude apreciar que tenía los ojos vidriosos y que los cerraba con fuerza cada poco, como si también luchase por contener las lágrimas. 
Aún así, estaría dispuesta a pasar toda mi vida con esa sensación si así pudiese evitar que se marchara.
Pero nuestros pasos nos llevaron inevitablemente a la entrada del bosque y nos detuvimos. Tal vez fuese solo un segundo el que pasamos allí, pero calló sobre mí con el peso de varios siglos. Nos miramos a los ojos y no era difícil ver que ambos buscábamos algo que decir, la manera de despedirnos que mostrase de verdad como nos sentíamos. Fui yo quien habló primero:
—No quiero que te vayas —confesé con voz ronca.
—Sabes que tengo que hacerlo…
—No… Tal vez si te unes a nuestra causa… Tal vez así mi padre te perdonaría… —se me atragantaban las palabras y cortaba las frases cada vez que tenía que coger una bocanada de aire para reprimir un sollozo. Su voz sonó parecida a la mía cuando respondió:
—No me perdonaría, Kat… Los dos lo sabemos. Además… yo hace mucho que me uní a vuestra causa, ¿sabes? Hace mucho… que solo pienso en protegerte. Y estarás más segura si yo no estoy aquí.
—¡No! Pero… pero… —esta vez no pude contener el llanto y empecé a llorar como nunca lo había hecho antes. Sentí como una parte de mi corazón se escapaba en cada lamento.
—Kat, por favor, no… No llores —suplicó Samuel con voz trémula.
Me lancé sobre él y le envolví el cuello con los brazos, lo que él correspondió rodeándome con los suyos. Lloré en su hombro y sentí que él se sacudía ligeramente cuando algún sollozo se abría paso por su pecho.
—Te voy a echar mucho de menos —gimió junto a mi oreja.
—Y yo a ti… Prométeme que volveremos a vernos… algún día.
Hubo un momento de silencio como si dudase si podría prometerlo o no. Tras eso, susurró:
—Te prometo que intentaré por todos los medio que volvamos a vernos.
Y sin que yo contase con ello, me separó ligeramente, estrechó mi cara entre sus manos y me besó. Fue un beso que mostraba todo lo que nosotros no conseguíamos expresar con palabras: el dolor, el miedo, la tristeza, el anhelo, la desesperación, el amor.  Seguíamos llorando y el beso sabía a salado a causa de nuestras lágrimas. Quería que el tiempo se detuviese y permanecer en ese beso, junto a él, por siempre. Pero terminó de la peor manera posible.
—¡Por Dheam, Katrina! ¡Te has vuelto loca, niña estúpida! —gritó una voz inconfundible desde la otra punta del jardín.
Me separé de Samuel con rapidez y miré al lugar de donde venía la voz aunque ya sabía de sobra quien había gritado. Mi padre nos observaba con el odio y el espanto pintados en la cara y hubo un segundo en el que nadie supo qué hacer. Y luego ocurrió todo a la vez:
—¡Corre, Samuel! ¡Vete! —chillé, mientras veía a mi padre correr hacia nosotros. Samuel se internó en el bosque y yo ni siquiera tuve tiempo de lamentarme por su marcha, porque ya estaba corriendo también hacia mi padre, desesperada por detenerlo. Llegué junto a él y le agarré un brazo, farfullando explicaciones.  Todo ocurría tan rápido que mi cerebro no conseguía asimilarlo; cuando quise darme cuenta estaba tirada en el suelo a causa del brusco empujón que mi padre me había propinado para desprenderse de mí. Me había llevado un buen golpe contra el suelo, pero no sentía dolor. Tenía la extraña sensación de que aquella situación era ajena a mí, como si fuese una simple espectadora y no quien toma las decisiones.
A duras penas me levanté y busqué a mi padre con la mirada, descubriendo, demasiado tarde, que ya se había marchado tras Samuel. Ni siquiera me di tiempo a pensar en lo que pasaría si papá alcanzaba a Samuel antes de que yo le alcanzase a él y, desplegando las alas, eché a volar en su busca, sintiendo como los latidos de mi corazón marcaban el paso de un tiempo que avanzaba en mi contra.  Concentrada en esquivar las ramas de los árboles y en peinar el bosque con la mirada, buscando algún indicio de ángeles, seguí internándome en el bosque hasta que, por fin, distinguí a lo lejos una figura de enormes alas blancas. Suspiré con alivio al pensar que le había alcanzado a tiempo, pero apenas un segundo después se me encogió el corazón al ver, apenas unos metros por delante de mi padre, a otra figura alada más oscura que la primera. Sentí ganas de vomitar. Yo estaba demasiado lejos como para alcanzar a mi padre antes de que él atrapase a Samuel, sobre todo teniendo en cuenta lo débil que se encontraba él joven.
Haciendo de tripas corazón, me obligué a volar más rápido de lo que me creía capaz. Un único pensamiento se había hecho con el control de mi mente: “Tengo que salvar a Samuel”. Poco a poco, fui acortando terreno pero mis músculos empezaban a resentirse por el exceso de ejercicio que les estaba exigiendo. Vi a mi padre alargar el brazo para atrapar el pie de Samuel entre sus manos e imité su táctica. El brazo me pesaba toneladas y cuando conseguí levantarlo lo suficiente descubrí con horror que no alcanzaba a mi padre por un par de centímetros. Me estiré todo lo posible y me di un último y desesperado impulso con las alas. Ya casi estaba…
Y lo alcancé.
En cuanto mis dedos se cerraron alrededor del tobillo de mi padre, hice desaparecer las alas de mi espalda, sin importarme la considerable altura que me separaba del suelo. Mi peso hizo a mi padre caer bruscamente hacia abajo, pero tuvo tiempo de seguir mi ejemplo y aferrarse al pie de Samuel justo antes de hacer desaparecer sus alas como yo había hecho con las mías. Samuel abrió las alas a modo de paracaídas, pero nuestros tres cuerpos eran demasiado pesados para que eso amortiguase realmente la caída. Y así, en cadena, caímos los tres al suelo, recibiendo el duro impacto de la tierra y las piedras.
El golpe me hizo soltar el pie de mi padre y me cortó la respiración durante unos segundos en los que olvidé lo que estaba pasando. Cuando mi mirada volvió a enfocarse, luché por ponerme en pie. Me tambaleé, pero al ver que no era la única que no se había repuesto del todo de la caída me reconfortó ligeramente: Samuel se estaba ayudando de un árbol para ponerse en pie y mi padre trastabillaba al intentar caminar hacia él. Sabía que en aquel momento cada segundo era oro, pero me permití el lujo de echar la cabeza hacia atrás y respirar profundamente para recomponerme por completo, y al hacerlo descubrí que justo sobre mi cabeza se abría un camino directo hacia el cielo en el que todas las ramas se habían roto. Por ahí era por donde habíamos caído. Solo entonces me di cuenta de que tenía la piel llena de pequeños rasguños provocados por las ramas.
Sacudí la cabeza y me obligué a volver a la realidad. Mi padre seguía avanzando hacia un Samuel que conseguía mantenerse en pie a duras penas. Me puse al lado de Samuel, le agarré un brazo para ayudarle a mantener el equilibrio y demostrarle que estaba a su lado y, con una seguridad que ni yo esperaba de mí misma, me enfrenté a la mirada de mi padre. Quería decirle algo, pero mi saturado cerebro no conseguía elaborar ningún argumento decente que lo detuviese.
—Quítate de en medio, Katrina —rugió mi padre.
—No.
—¿Qué?
—No dejaré que le hagas nada, papá —sentencié. Mi voz sonaba ligeramente ronca, como si estuviese afónica, pero no por eso menos firme —. No es un monstruo y no está contra nosotros…
—Te has vuelto loca —me interrumpió —. Es un ángel negro, ¿no lo ves, Katrina? ¿De verdad crees que está del lado que mata a los que son como él?
Fue Samuel el que respondió en está ocasión:
—Estoy del lado que protege a Kat.
Su respuesta produjo una pequeña sonrisa en mis labios y le di un pequeño apretón en el brazo para agradecérselo, pero sin apartar la vista de mi padre.
—¿Y por qué ibas a estarlo? —inquirió él. La réplica de Samuel fue inmediata y concisa:
—Porque la quiero.
—¡Bastardo! —gritó mi padre, lleno de furia. En un abrir y cerrar de ojos, había sacado un saco de cenizas y lo había arrojado en nuestra dirección. Árbol de fuego. Casi reflejamente, me coloqué delante de Samuel y desplegué las alas, intentando cubrirlo todo lo posible con mi cuerpo. Las cenizas cayeron sobre mí, sin provocarme ningún dolor, pero causándome un ataque de tos al respirarlas. Mi padre aprovechó el momento y se lanzó de nuevo a la carga, a por Samuel, apartándome a mí a un lado con un brusco empujón. Tropecé y estuve a punto de caer, pero en el último segundo logré mantener el equilibrio y sostenerme en pie. Parpadeé con violencia y dejé que mis ojos llorasen para limpiarlos de las cenizas que se habían metido en ellos y que me provocaban un ligero escozor, y cuando mi vista se volvió más clara pude ver a mi padre y a Samuel, enredados en una lucha en la que el primero parecía llevar una clara ventaja. Corría hacia ellos, dispuesta a separarlos y ayudar a Samuel (quien no podría aguantar mucho en su situación) cuando algo me embistió y me hizo caer.
—¿Se puede saber qué estás haciendo, Kat? Eres estúpida.
Mi hermano se había lanzado sobre mí y me había inmovilizado en el suelo. Justo cuando creía que las cosas no podrían ir peor…
—¡Suéltame, Isaac! —chillé a modo de súplica. Me retorcí, pero no sirvió de nada: la presión de mi hermano no disminuyó lo más mínimo.
—Ni lo sueñes. ¿Eres consciente de lo que has hecho? —replicó entre dientes, haciendo que su voz sonase como algo parecido a un siseo.
—¡Tú no lo entiendes! ¡Samuel no es una amenaza, no quiere hacerme daño! Estaría dispuesto a colaborar con nosotros si… —callé de repente, porque un grito gutural rasgó el bosque. Me giré justo para ver como mi padre descargaba nuevamente el puño contra la mandíbula de Samuel, a quien tenía inmovilizado de manera parecida a la que mi hermano me tenía a mí, y como él se retorcía inútilmente mientras gruñía. Y, de repente, mi padre dejó de golpearlo unos momentos y empezó a rebuscar en sus bolsillos hasta sacar una especie de piedra verde que no reconocí.
—Peridoto… —murmuró mi hermano, que también había estado contemplando la escena. Advertí una sonrisa siniestra en sus labios y me temí lo peor.
No me equivocaba.
Papá retomó su arremetida contra Samuel y, en cuanto la piedra rozó su piel, el chico chilló. Fue un grito espantoso y alcancé a ver que, junto con el golpe, la piedra le había producido una horrible quemadura en la piel.
—¡Samuel! —su nombre sonó como un coro a su grito — ¡Isaac, suéltame! ¡Papá, para por lo que más quieras! ¡Lo vais a matar!
Como respuesta a mis desesperadas súplicas lo único que obtuve fue un ronroneo por parte de mi hermano:
—Es esa es la idea.
Entonces la presión que mi hermano ejercía sobre mí desapareció. Confusa, miré a los lados para descubrir que era lo que había conseguido liberarme y vi la figura de mi hermano rodar por la hierba junto con otra silueta más pequeña: Cassie. Ella lo había embestido para apartarlo de mí y ahora giraban por el suelo, hasta que chocaron con un árbol. Pero ¿qué hacía ella allí? Pensándolo bien, ¿qué hacían todos ellos allí tan pronto? Me obligué a posponer ese pensamiento y lanzarme a ayudar a Samuel. Imitando a Cassie, arroyé a mi padre, pero con cuidado de no caer con él y, aprovechando el momento, ayudé a Samuel a ponerse en pie. Sentí el impulso de decirle que huyese, pero viendo como se encontraba, dudaba que llegase muy lejos sin ayuda.
Le agarré y eché a correr, bosque adentro, por senderos que me conocía de sobra gracias a mis habituales paseos por esa zona. El efecto del peridoto desapareció con rapidez, como pude ver, y supuse que solo le afectaría si tenía contacto directo con él. Aún así, estaba demasiado débil como para huir de mi familia y todos éramos perfectamente conscientes, así que busqué una pequeña colina que tenía un saliente en cual solía ocultarme cuando salía al bosque y no quería ser encontrada. Con los gritos de mi padre de fondo, acabamos por encontrarla.
—Quédate aquí… yo iré a hablar con él —susurré a Samuel, mientras me aseguraba de que quedase bien cubierto por el saliente.
Sin embargo, un grito estridente proveniente del camino por el que habíamos venido me hizo cambiar de opinión y sentarme bajo el saliente, al lado de Samuel:
—¡Katrina! ¡Ven aquí, niña estúpida y traidora! ¡Te mataré a ti y a tu amiguito!
Sabía que se estaba marcando un farol y que no tenía ni el más remoto interés en matarme (aunque eso no pudiese aplicarse a Samuel), pero también me bastó para ver que no razonaría por mucho que hablase con él.
—Oye… Kat… —jadeó Samuel, agarrándome la mano —. Basta con que los entretengas. Yo me iré por el otro lado.
Negué efusivamente con la cabeza.
—Ni hablar. ¿Tú ves como estás? No aguantarías vivo ni medio día tú solo —repliqué.
—¿Y cuál es la otra opción, Kat? ¿Qué me quede aquí y deje que me maten?
—Que me lleves contigo.
La respuesta salió de mí tan rápida como un rayo y Samuel parpadeó un par de veces, con la boca abierta como para reprochar, pero sin llegar a decir nada. Tras un rato, consiguió murmurar:
—Estás bromeando.
—¡Claro que no bromeo, Samuel! —empezaba a ponerme de los nervios que estuviese derrochando un preciadísimo tiempo en poner en duda mi palabra mientras que mi padre nos buscaba. Ese pensamiento hizo que me encogiese un poco más en mi escondite —. Te lo digo completamente en serio.
—¿Y crees que el hecho de que un ángel como tú vaya por ahí con un… con alguien como yo no causará revuelo? Nos traerá problemas.
—Eso también tiene una fácil solución —insinué, levantando las cejas y mirándole fijamente a los ojos. Parte de mí sentía cierto recelo ante esa idea, pero se había apoderado de mí con una convicción inusitada. Samuel tardó un par de segundos en comprender a que me refería.
—¡Ni lo pienses! —exclamó al caer en la cuenta.
—¿Por qué?
—Ya te lo he dicho, Kat. Lo pierdes todo —sus ojos verdes me escrutaron a fondo, con un brillo solemne en la mirada. Aún así, no permití que me intimidase.
—¡Por favor! —bufé—. ¿Acaso no ves la situación en la que estoy? ¡Mi familia está dispuesta a matarme! No tengo nada que perder, Samuel.
—¡Claro que tienes, Kat! —su voz sonaba claramente contenida, porque podía gritar para no descubrir nuestro escondite —. Puede que no te importe dejar de lado a tu padre y a tu hermano, pero ¿qué hay del resto de tu vida? ¿De tu madre? ¿De tus amigos? Si te conviertes… los perderás.
Por primera vez, dudé. La saliva parecía más espesa de lo habitual cuando la tragaba y mis manos temblaban, pero nada me impidió decir con firmeza:
—Y si no lo hago te perderé a ti.
—¿Y el precio compensa, Kat?
Era obvio que esperaba una negación por respuesta, pero antes incluso de que yo me diese cuenta, respondí:
—Sí que compensa. Cualquier precio está bien si pudo estar contigo.
No se me pasó por alto que se obligó a contener una sonrisa.
—Esto es ridículo.
—¡Sé de sobra que es ridículo! Hace unas horas tú estabas encerrado en mi sótano y yo ni siquiera sabía si confiaba en ti lo suficiente como para ayudarte a escapar. Pero ahora lo tengo claro, Samuel. No sé cómo ni por qué, pero te quiero y confío en ti mucho más de lo que puedes imaginar y de lo que yo misma creía. Y por eso quiero ir contigo, Samuel. Porque hay algo dentro de mí que me dice que es lo correcto —le miré, esperando a que dijese algo, pero permaneció en silencio, escuchándome con los ojos muy abiertos. En un susurro, añadí —: Vamos a irnos de aquí. Y vamos a hacerlo juntos.
Le tendí la mano y él la miró dubitativo. Sabía de sobra que si me la estrechaba no solo estaba accediendo a marcharse de allí, sino que además tendría que aceptar mis condiciones. Escuché a lo lejos un grito de mi padre y me impacienté.
—¿Juntos? —repetí.
—Juntos —aceptó, estrechándome la mano.
Sonreí e inspiré con fuerza. Estaba a punto de dar uno de los pasos más importantes de mi vida, un paso irreversible del que esperaba no arrepentirme en el futuro. Y, cuando la mirada esmeralda de Samuel se posó en la mía zafiro, supe que no me arrepentiría. Quería estar con él.
—¿Estás completamente segura de que quieres hacerlo? —insistió.
Asentí efusivamente con la cabeza al tiempo que preguntaba:
—¿Qué tengo que hacer?
—Nada… —respondió. Pude apreciar que él también temblaba —. Es una fluctuación de energía. Simplemente, deja a la energía entrar.
Asentí mientras miraba a Samuel estrechar mis dos manos entre las suyas. Un sudor frío me resbalaba por la espalda y tenía un nudo firmemente instalado en mi garganta, pero también podía sentir un agradable cosquilleo en la punta de los dedos; una extraña combinación entre miedo y excitación.
Samuel cerró los ojos y frunció el ceño. Su frente estaba perlada de sudor y me imaginé que estaría tan nervioso como yo. No era difícil ver que se estaba esforzando, pero yo no sentía ningún cambio. Finalmente, abrió los ojos.
—Kat, haz el favor de dejar entrar la energía.
—No sé cómo se hace, Samuel —me excusé, sintiéndome culpable. El tiempo era oro.
—Simplemente, no pienses en nada —explicó, con una sonrisa alentadora.
—No es tan fácil —refunfuñé. Una sonrisa pícara se dibujó en sus labios.
—Una vez —rememoró, acercando mucho su cara a la mía —, me dijiste que cuando me tenías así de cerca te resultaba más complicado pensar.
Tenía razón. Nuestros alientos se entremezclaban y mis pensamientos se empañaban cada vez más. Sin más dilación, me lancé a sus labios y no pensé en nada más que en él.
Y entonces lo sentí.
De sus labios, de sus manos y de cada centímetro de su piel que entraba en contacto con la mía, surgió una corriente de energía que me llenó por dentro. Entraba con rapidez y podía sentirla corriendo por mis venas, deslizándose suavemente por mi interior, arroyándome, como una ducha de calidez. Y me gustaba.
Ahogando un gemido, dejé que mis alas se desplegaran de nuevo. Ya no me importaba quien pudiese verlas, porque en ese momento, para mí no existía nada fuera de esa exquisita sensación que me recorría el cuerpo. Mis sentidos estallaban de júbilo al recibir a aquella sacudida de energía… suave, cálida, dulce. Poco a poco (y muy a mi disgusto) esa llama fue apagándose y, cuando expiró y volví a la realidad, me aparté con suavidad de Samuel.
Estaba confusa, no podía ver con claridad lo que acababa de pasar, lo único que podía asegurar era que había sido grandioso. Y la mirada de Samuel no hizo más que confirmármelo, porque me observaba con la boca entreabierta, el labio inferior temblando, y con suma admiración en la mirada. Jadeaba y parecía cansado, pero estaba demasiado absorto contemplándome como para mostrar incomodidad por ello. Permaneció un par de segundos en ese trance y, cuando por fin alcanzó a salir de él, todo lo que consiguió fue murmurar:
—Es… increíble.
Y entonces comprendí a qué se refería. Giré la cabeza y, extendidas tras de mí, vi un par de enromes alas de brillantes plumas… negras. Más negras que la más oscuras de las noches, elegantes e intimidantes. Y eran mis alas. Yo misma me quedé embelesada al contemplarlas y una candente sensación de poder me llenó por dentro.
Una voz conocida rompió el hechizo.
—¡Allí, papá! ¡Tras aquellas rocas hay unas alas negras!
Medio sonreí al escuchar a Isaac. No me agradaba la idea de tener una nueva lucha con ellos, pero por otro lado me sentía deseosa de mostrarles lo que era ahora. Me puse tensa y vi que Samuel también se ponía en tensión a mi lado.
Las pisadas de mi padre y mi hermano se escuchaban cada vez más cerca y, finalmente, llegaron al lugar en el que nos encontrábamos. Al verme, ambos ahogaron un grito.
—No es posible —gruñó Isaac, apretando tanto los puños que los nudillos se le volvieron blancos.
—¿Cómo has podido, Katrina? ¡Traidora! ¡Te has puesto de su lado! —me recriminó mi padre entre gritos.
—¿Qué lado, papá? ¿No lo ves? Yo soy el lado. Yo soy vuestro lado, no puedo ponerme de otro —expliqué entre dientes, intentando mantener la calma. Pero era difícil. Muy difícil. El instinto se abría paso desde lo más profundo de mí y mi familia era su objetivo. Intenté reprimirlo, pero era como intentar detener una estampida.
A juzgar por la vena de la sien de mi padre, que se hinchaba por momentos, supuse que estaría pasando por una situación parecida.
Ambos estallamos a un tiempo.
Como si un silbato hubiese dado la salida, nos lanzamos el uno contra el otro, él ya con las alas desplegadas, y empezamos una lucha en la que todo valía. No estábamos luchando padre contra hija, era puramente el instinto de uno contra el instinto de otro. Me sentía especialmente fuerte y, aunque la lucha estaba igualada y recibí unos cuantos golpes serios, no tardé en descargar unos golpes en el lugar adecuado y mi padre cayó al suelo; no inconsciente, pero sí muy desorientado y con la nariz sangrando. Ni siquiera a día de hoy sé cómo lo logré, porque puedo asegurar que la persona que luchó contra mi padre no era yo. Era un ser mucho más primitivo que se había apoderado de mi cuerpo. Y, esta vez, el instinto no me asustaba.
Al girarme vi a Samuel, que a pesar de su debilidad estaba bastante igualado con Isaac, y, al otro lado, a una figura pelirroja que me observaba llevándose las manos a la boca.
—¿Kat? —susurró.
Corrí a su lado y le agarré una mano, al tiempo que le daba unas instrucciones muy concisas:
—Cassie, Samuel y yo tenemos que marcharnos cuanto antes. Necesitamos tu ayuda. Si pudieses entretenerlos solo un minuto…
—Lo haré —sus ojos se habían vuelto repentinamente vidriosos y le tembló la voz al decir —: Buena suerte, Kat. Te echaré mucho de menos.
—Y yo a ti.
La abracé con fuerza, con mucha fuerza para compensar la brevedad del gesto y cuando me separé lo hice con el corazón roto al pensar que, probablemente, sería el último abrazo que le diese a mi amiga.
Mi padre todavía no había conseguido levantarse e Isaac mostraba claras muestras de cansancio. Así que cuando Cassie tiró de su pierna, cayó al suelo con facilidad.
Intentando retener los lloros en mi garganta, lancé una última mirada de agradecimiento a Cassie y agarré a Samuel del brazo para irnos de allí.
Y, junto a él, le di la espalda a mi familia.
Le di la espalda al bosque en el que tanto tiempo había pasado.
Le di la espalda a mi casa.
Le di la espalda a mi vida.
Le di la espalda a todo.
Y, a pesar de las lágrimas que caían por mis mejillas, levanté la cara y le sonreí al futuro que tendría por delante junto a Samuel.

lunes, 14 de abril de 2014

Capítulo 42

Rescate
N
adie se conoce a sí mismo y yo lo descubrí ese día. El día que mis ojos se abrieron a una realidad diferente a la que había visto hasta el momento, haciéndome ver gran cantidad de cosas que yo ni alcanzaría a imaginar, mostrándome situaciones con las que creía que nunca tendría que lidiar y personas diferentes a las que yo creía conocer. Y una de esas personas era yo.
A pesar de la doble vida que llevaba, nunca me había resultado especialmente complicado saber cómo tratar a la gente; la regla era sencilla: daba el mismo trato que recibía. Devolvía la simpatía de mis amigos, el cariño de mi madre, la enemistad de mi hermano y la frialdad de mi padre, y actuaba en consecuencia. Por esta razón, siempre me había sentido más humana que ángel, así que daba preferencia a los primeros, de quienes solía recibir mejor trato.
Y en este punto surgía mi gran dilema: ¿debía devolver a Samuel el trato que había recibido de él como humano, o el que había recibido como ángel? Hasta no hacía mucho, tenía serias dudas de la sinceridad de sus actos anteriores a descubrir lo que era, pero por alguna razón ahora quería creer que realmente había sentido algo por mí.
Era ya lunes por la mañana y sabía que se me había acabado el tiempo para pensarlo. Casi me sentía alegre por esto porque empezaba a sentir que la presión era superior a la que podía soportar. El peso del tiempo que pasaba tiraba de mí hacia el fondo de un mar de agobio del que creía que no saldría nunca. El día anterior no había sido de gran ayuda para decidirme y lo único destacable del día fue la conversación que escuché entre mis padres cuando bajaba a por un vaso de agua.
—¿Cuántas veces tendré que decírtelo, Grace? —decía mi padre con tono exasperado.
—Lo sé… Pero es un niño, es incluso más joven que Isaac —el tono de mi madre parecía más bien desesperado.
—No es un niño. Es un ángel negro y no se debe sentir pena por él. Ellos harían lo mismo con nuestros hijos.
—¿Y quieres igualarte a ellos, Kevin? —replicó mi madre.
Mi padre guardó silencio un segundo. Casi pude imaginarlo fruncir los labios, como hacía siempre que empezaba a cansarse de una conversación.
—No es eso lo que hago —bufó —. No lo entiendes, ¿verdad? Ese chico tiene almacenado el odio suficiente como para acabar con todos nosotros sin parpadear. Solo hace falta verle las alas.
—El hecho de que sea lo que es no significa que todavía sienta ese odio. Las personas cambian y él es solo un chaval… Podría volver a empezar…
—Las personas cambian, Grace. Los ángeles negros no. Tenlo muy presente —y, con esto, se acabó la conversación. Yo volví a mi habitación, olvidándome ya de la sed que me había hecho bajar, y pasé el resto de la tarde allí, sin otra compañía que mis pensamientos.
Esa mañana de lunes, desayunando con mi familia, sentía el estómago más cerrado de lo habitual y me costaba tragar hasta el bocado más  pequeño. Aparté la comida de mí y dije, con voz ronca:
—Mamá, no me encuentro bien. ¿Puedo ir a tumbarme un rato?
—Ya decía yo que tenías mala cara… Claro que puedes, cariño —respondió, sonriendo alentadoramente.
Me levanté de la mesa y fui a tumbarme al sofá. Aunque había dicho aquello como una excusa, supuse que realmente no era una mentira completa, porque era obvio que no estaba en mi mejor momento. Un poco después, mi madre entró en el salón y se sentó juntó a mí.
—¿Te encuentras mejor?
Cerré los ojos y murmuré:
—No… ¿tengo que ir hoy al instituto?
Mi madre me acarició la mejilla.
—Claro que no, Kat. Ya irás cuando te encuentres bien —respondió, mientras volvía a la cocina.
—Gracias…
Me acurruqué y fingí que intentaba dormir. En la concina, mi familia discutía sobre qué debía hacer cada cual esa mañana.
—Isaac, hoy irás al instituto. Ya hace mucho que no vas y estoy harta de consentirte lo mucho que faltas… No pongas esa cara, Kevin. Si quisiese que Isaac se dedicase a perseguir ángeles negros, lo habría mandado a Loryem para que hiciese esa militancia tan rara que tenéis allí —alguien resopló, pero no sabría decir si fue mi padre o mi hermano. Mi madre continuó —: Yo también tengo que ir a trabajar hoy, me mandaron un mensaje antes.
—Entonces me quedaré yo —farfulló mi padre.
«No, por favor» rogué para mis adentros.
—Kevin, tú también llevas demasiado poniendo excusas en el trabajo —le contestó mi madre con tono reprobador —. Kat sabrá aguantar sola su malestar...
—Pero…
—¡Ni se te ocurra nombrar al chico! Por Dios, Kevin, ¿acaso no lo has visto? Sabes tan bien como yo que ya no supone un peligro para la niña —hubo un par de segundos de silencio bastante tenso y luego se escucharon los pasos de mi madre.
Cuando entró en el salón aún tenía el ceño fruncido y supuse que mi padre le había hablado lo suficiente del tema como para hartarla, porque era extraño que mi madre se revelase de esa forma contra mi padre.
—Kat, tendrás que quedarte sola porque…
—No te molestes en repetirlo —la corté —. Lo he escuchado todo.
—Ah —musitó. Por un segundo parecía que no sabía que decir, pero no tardó en recomponerse —. No te preocupes, ¿sí? Estarás bien. Hasta luego, cariño.
—Hasta luego —respondí.
Cinco minutos después, la casa se había quedado vacía.
Había llegado el momento. Cuando me levanté del sofá, las piernas me temblaban tanto que temía que fuesen incapaces de sostener el peso de mi cuerpo. Sabía que no contaba con todo el tiempo del mundo, pero aún así subí a mi habitación, cogí el libro de «Ángeles negros. Historia» y lo bajé para leerlo en la cocina, donde había más luz. Repasé las notas de Cassie, aunque casi me las sabía de memoria, porque era lo más parecido a uno de sus consejos que podía recibir en aquel momento. Cuando acabé de leerlas, cerré los ojos y, con suspiro, me dije que no podía posponerlo más.
Con movimientos torpes, bajé al sótano.
La estancia del final de la escalera seguía tan desordenada como la última vez que la vi. Esta vez, sin embargo, no presté demasiada atención a lo que había allí, sino que me dirigí directamente a la enorme puerta. En cuanto puse una mano en ella, el estómago me dio un retortijón tan fuerte que casi me produjo arcadas, pero no me permití echarme atrás. Abrí la puerta.
Y deseé no haberlo hecho en cuanto pude ver el interior.
La escueta bombilla iluminaba una estancia que poco había cambiado desde mi última visita, a excepción de que olía peor y en esta ocasión vi más vómito por el suelo. Arrugué la nariz ante el desagradable olor, pero me obligué a entrar de todas maneras. Lo peor de aquel lugar era Samuel. Acurrucado en la misma esquina que la otra vez, el aspecto del chico había empeorado tanto que reprimí un grito. Ya no llevaba los grilletes, pero no tardé en suponer que era porque ya no servirían de nada: Samuel estaba tan delgado que sus huesudas manos podrían haberse escurrido de ellos sin problemas. La ropa, mugrienta y desgarrada, le quedaba muy floja y se veía acartonada por el sudor. Tenía la cabeza baja y no alcanzaba a verle la cara, pues el grasiento y sucio pelo, que había crecido un tanto, se la ocultaba. Y entonces me miró y yo di un respingo de horror. Su piel era más pálida que una hoja de papel y estaba cubierta de heridas y cortes. Mi mirada se detuvo en uno especialmente llamativo en su sien antes de seguir con el análisis. Su extrema delgadez era mucho más patente en el rostro: tenía las mejillas y los ojos hundidos (además de tener uno de ellos amoratado) y la mandíbula muy marcada y cubierta de una naciente barba. Su mirada vidriosa me hizo estremecer de lo vacía que estaba, era como si ya estuviese muerto.  De sus labios, secos y agrietados surgió una única palabra ronca:
—Kat…
—¡Oh, Samuel! —gemí, llevándome las mano a la boca. Sentía el impulso de acercarme a él, pero mis pies se habían quedado clavados en el suelo, así que me senté en el suelo y me arrastré hasta la pared más cercana, no muy lejos de él.
Nos observamos en silencio unos segundos y me pregunté si sería capaz de escuchar los latidos de mi corazón, que yo sentía como si fuesen truenos.
—¿Po… —la voz se le quebró y carraspeó un par de veces antes de conseguir hablar de manera comprensible — por qué has venido?
Me enfrenté a su mirada y me pareció que se colaba dentro de mí y me recorría por dentro. Pero no fui capaz de responder a su pregunta.
—¿Van a matarme verdad? —masculló, arrastrando las palabras.
—¿Por qué dices eso? —susurré. Por alguna razón no me sentía capaz de hablar en voz alta, era como si el ruido estuviese fuera de lugar en aquella pequeña habitación.
Él sonrió (o más bien, lo intentó) con ironía. Pero había algo mucho más profundo que la ironía en su mirada cuando me dijo:
—¿Por qué otra razón ibas a venir a verme estando sola? No lo era un farol, ¿verdad? Quieren matarme —tampoco ahora respondí, pero el que calla otorga. Él supo interpretar mi silencio como una afirmación. De su boca escapó un gruñido —¿Cuan… Cuando?
Tragué saliva con fuerza.
—Hoy —y mi voz sonó casi tan ronca como la suya.
Lo que pasó entonces me trastocó. En realidad, no sé como esperaba que reaccionase, pero me sorprendió verle echar la cabeza hacia atrás, apretar los dientes y tragar con fuerza, mientras en sus ojos aparecían lágrimas que llenaban sus ojos verdes como las gotas de rocío llenan un prado. Me acerqué un poco más a él, sintiendo un enorme nudo en la garganta, y le estreché la mano.
—¿Tienes miedo? —susurré.
—¿No debería tenerlo? —balbució. Al hablar, su labio inferior temblaba con violencia y tenía que coger aire con fuerza cada poco para evitar que se le escapase algún sollozo. A mi mente vino el recuerdo de una tarde en su casa en la que él me había hablado de su infancia y a mí me había parecido ver al niño que Samuel había sido tiempo atrás. Sabía que las historias que me había contado no eran ciertas, pero el niño existía de verdad. En aquel momento, agarrada a la mano de un amedrentado Samuel, no me cabía duda. Tras un momento en el que ninguno de los dos dijo nada, él volvió a hablar —: Debe de dar pena verme así… Pero a estas alturas no me importa. Es asquerosamente irónico que para apreciar las cosas que realmente valen la pena en esta vida tenga que estar a las puertas de la muerte. Kat, escúchame bien, ¿vale? Cuando yo haya…
—Ni lo digas —le interrumpí. Su mirada vidriosa se clavó en mí y pude apreciar su confusión —. No voy a dejarte morir, Samuel. Voy a sacarte de aquí.
Hasta que no hube pronunciado esas palabras, no tomé la decisión. Lo único que tenía claro era que quería bajar al sótano a hablar con él. Si a despedirme o a liberarlo, no lo sabía.
—¿Qué? —masculló Samuel, con la voz aún más ronca que antes a causa de la confusión.
—Ya lo has oído —respondí y me obligué a sonreír, aunque en realidad tenía ganas de echar las tripas fuera.
Me levanté y ayudé a Samuel a levantarse también. Pasé su brazo por encima de mis hombros y le rodeé la cintura con mi brazo, cargando sobre mí todo el peso que pude. Él apenas tenía fuerzas y caminaba muy despacio, pero al menos conseguía mantenerse en pie con bastante estabilidad. Nos costó lo indecible pasar a través de la puerta escondida en el armario y más de una vez estuvimos a punto de caer. Finalmente, conseguimos llegar a la cocina.  Lo senté en una silla y le puse comida y agua sobre la mesa. Él comió apuradamente, como si nunca hubiese tomado nada tan exquisito como las sobras de la cena del día anterior.  Mientas comía, saqué el botiquín e intenté limpiarle las heridas.
Entonces, Samuel detuvo su frenética comida y me preguntó:
—¿Por qué haces esto?
—Las heridas tienen mala pinta… —respondí despreocupadamente, mientras echaba agua oxigenada en un algodón. Súbitamente, me agarró la barbilla y me obligó a mirarle a los ojos.
—Sabes que no me refiero a eso. ¿Por qué me estás ayudando a escapar?
Guardé silencio mientras le miraba a los ojos. Por un segundo extrañé sus besos, pero sabía de sobra que aquel no era el momento adecuado para pensar en eso. Al final, contesté:
—Porque si dejase que mi padre y mi hermano te matasen, mis manos estarían tan manchadas de tu sangre como las suyas.
Me soltó la barbilla y bajó la vista, con gesto cohibido. Aquella no era la respuesta que esperaba recibir.
—Ya he comido suficiente —masculló y no me resultó difícil darme cuenta de que era un intento desesperado por cambiar de conversación. Aún así, le seguí la conversación:
—¿Quieres darte una ducha? Cuento con que tengamos unas horas antes de que llegue mi familia, aunque sería conveniente que te encontrases lejos cuando descubran que no estás.
—Me daré una ducha rápida, pues.
Y, apenas diez minutos después, Samuel volvía a la cocina, con un aspecto bastante mejor al que tenía antes. Seguía estando muy delgado, pero al menos estaba limpio (al igual que la ropa de Isaac que yo le había dejado), sus heridas tenían mejor aspecto, se había afeitado y ya no tenía ese brillo febril y casi moribundo en los ojos.
—Te he preparado esto. Tienes comida y dinero. No es mucho, pero es todo lo que te puedo ofrecer —le tendí la mochila que había llenado mientras él se duchaba y la tomó murmurando un «gracias» mientras se la colgaba al hombro.
—Kat… muchas gracias, nunca podré agradecerte esto —avanzó un par de pasos y me tomó ambas manos. Estaba cerca de mí… muy cerca—. Lo único que hice fue poner tu vida en peligro y tú has salvado la mía. Y espero que no dudes nunca que el hecho de que yo ande vivo por ahí no te va a poner en peligro, Kat. Nunca.
—Lo sé —respondí, asintiendo con la cabeza y mirándolo firmemente a los ojos.
—Pero no te confíes. Hay otros que te buscan, no sé cuantos ni para qué, pero te quieren a ti. No te arriesgues a dar ni un solo paso en falso y te recomendaría que llevases siempre Árbol de fuego contigo. No quiero que te pase nada, Kat…
—Y tú, ¿por qué haces esto?¿Por qué me adviertes? —había bajado la mirada y ahora la tenía perdida en un punto de la pared, pero no necesitaba mirarle para saber que me estaba prestando atención.
Él se inclinó aún más hacia mí. Sentía su respiración junto a mi oreja cuando susurró:
—Ya lo sabes…
—Quiero oírlo de nuevo.
—¿Por qué?
Levanté la cabeza para mirarlo a los ojos. Estaba tan cerca que mi nariz rozó la suya y, por un segundo, dudé. Luego, en un arranque de decisión, respondí:
—Para poder decirte que yo a ti también te quiero.
Sonrió. Fue en ese momento cuando me di cuenta de lo mucho que había echado de menos su sonrisa, pero no presté mucha atención al gesto porque sabía que algo que había echado aún más de menos iba a volver a mí de la misma manera que esa sonrisa.

Él se iba a marchar, no debíamos besarnos. Yo lo sabía. Él lo sabía. Y, aún así, ninguno se apartó cuando ambos fuimos al encuentro de los labios del otro.