Mostrando entradas con la etiqueta Relato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relato. Mostrar todas las entradas

sábado, 21 de junio de 2014

Relato y pequeño aviso

¡Hola!
Sé que estoy tardando en empezar a subir los capítulos de las segunda parte y, en vista de que todavía tardaré un tiempo, os dejo este relato para no tener el blog abandonado.
Este relato, en realidad, fue un trabajo para el instituto. En clase de francés, por parejas, teníamos que escribir una historia sobre el amor (fue por San Valentín). Así que mi amigo y yo lo escribimos primero en español para luego traducirlo a francés. Aquí os dejo la versión original, con partes escritas por mí y partes escritas por él. (Agradecimientos a Pablo por dejar que suba la historia jajaja)
Y AVISO: la encuesta de la columna lateral, que antes no funcionaba, ya funciona. Si no habéis votado y queréis hacerlo, ya sabéis ;)
Y, sin más, el relato:

        Era una tarde de finales de invierno. Sobre la orilla de la playa, una joven caminaba lentamente. Sus pies se hundían sobre la arena aún húmeda, dejando sus solitarias huellas como el único testigo de aquel paseo. El entrechocar de las olas contra la costa apenas era un murmullo en su cabeza, que se había quedado olvidada en aquel restaurante. En el lugar en el que su vida se había hecho pedazos ante sus ojos.
    Después de aquello, su mente se había quedado aturdida, embotada, negándose a asimilar todo el dolor que sentía. Y el mar siempre  le había dado excusas para no pensar.
    Casi sin darse cuenta, la cadena dorada con el corazón engarzado que había llevado siempre consigo durante aquellos dos años se resbaló de entre sus dedos, suavemente. Como un suspiro, el objeto se clavó en el blando suelo, poniéndose a merced del flujo y reflujo de las olas, que lo llevarían muy lejos de allí. Sin embargo, aquel objeto que representaba esos dos años en los que había creído ser feliz se resistía a ser arrastrado por el mar. Parecía como si estuviese esperando que su dueña cambiase de opinión y lo recogiese de nuevo.
Con pasos indecisos, avanzó lentamente hacia la orilla y el agua gélida del mar mojó sus pies primero y sus piernas después, en una helada caricia de las olas. Se sentó, sin prestar atención a sus ropas, que se empapaban y ganaban peso, haciéndose más pesadas y privándola de movilidad. No le importaba, no necesitaba moverse. Cerró los ojos, sintiéndose más sumergida en un mar sufrimiento que en un mar de verdad. Un suspiro lastimero huyo de sus labios, intentando arrastrar con él un poco del dolor. Podía sentir las mejillas mojadas, aunque no sabría decir si era por las lágrimas o por  el agua del mar que le salpicaba el rostro. Pero nada importaba; ya no. Simplemente, se dejó arrastrar….
—¿Estás bien? ¿Puedes oírme? Por favor, responde…
La voz sonaba lejana, como si fuese parte del constante rumor que las olas producían con su vaivén, o como si una distancia insalvable existiese entre la chica y su interlocutor y ahogase su voz.
Ella se sentía destrozada por dentro, como si el aire le quemase los pulmones y sus músculos estuviesen demasiado agarrotados para responderle. Lentamente, abrió los ojos y los pocos rayos de luz de sol que conseguían filtrarse entre las espesas nubes le obligaron a entronarlos para poder distinguir lo que veía. A medida que se acostumbraba a la claridad, pudo distinguir la cara de un joven de piel bronceada. En su rostro, de rasgos rectos, podía verse una expresión amable, aunque su sonrisa tranquilizadora no alcanzaba a sus ojos castaños, que brillaban de preocupación.  Sobre la frente, en la que se había dibujado una pequeña arruga de intranquilidad, caían varios mechones de húmedo pelo dorado, desordenada pero elegantemente.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, al ver que ella no respondía a su primera pregunta. Ella no supo que contestar y se quedó en silencio, mirando al desconocido mientras buscaba una explicación.
—Nada… —masculló.
Era fácilmente descifrable en la expresión del joven que no la creía y, sin embargo, no se veía con derecho a exigirle una respuesta mejor. El chico no apartaba sus ojos de la muchacha y ella notó como se ruborizaba, sobrecogida por lo profundo de su mirada. Ligeramente incómoda, inquirió:
—¿Quién eres?
Él sonrió y ella no pudo hacer menos que corresponderle el gesto. Con voz suave, dijo:
—Me llamo Aaron. ¿Tú eres…?
—Valerie.
Aaron se levantó y le tendió la mano. Valerie dudó un par de segundos antes de aceptar y, al estrechar su mano y sentir su cálido contacto, se estremeció. Aquel joven, lejos de producirle la desconfianza propia de los desconocidos, promovía en ella una extraña sensación de complicidad.
Tanto era así que, cuando quiso darse cuenta, se encontró paseando a su lado por la arena, a la espera de que sus ropas se secasen, y charlando con él más abiertamente de lo que lo había hecho nunca con la mayoría de sus desconocidos.
Y, cuando el sol comenzó a descender para fundirse en su diario abrazo con el horizonte, Valerie sintió que su ánimo se oscurecía como el cielo que se cernía sobre ellos. Había llegado el momento de la despedida, de separarse. Y, de la misma manera que la luna y las estrellas iluminan la bóveda celeste, las palabras de Aaron se convirtieron en un brillo de felicidad para la chica.
—¿Podríamos volver a vernos mañana?
Y, así, acordaron volver a verse, en aquella misma playa al día siguiente. 
Valerie caminaba con paso ligero por el mismo camino que había recorrido el día anterior, pero de manera diferente. Sus pisadas ya no eran un rastro de dolor, sino de nueva esperanza encontrada. Sonreía, pues no encontraba sentido a privarse de expresar la felicidad que sentía y tarareaba una canción alegre, como si quisiese poner banda sonora a aquel día. Pero cuando encontró a Aaron, descubrió que él también cantaba. Estaba de espaldas a ella y no reparó en su llegada; ella no se lo hizo notar. Permaneció en silencio, mientras él entonaba las delicadas palabras de una canción cuyas notas, así como la mirada del joven, se perdían a lo lejos, en las aguas. Silenciosamente, se sentó a su lado mientras él cantaba los últimos versos de aquella canción que tenían como único acompañamiento el suave siseo de las olas.
Aquella tarde hablaron menos que la tarde anterior. Simplemente cruzaban miradas cómplices de cuando en vez, antes de que sus miradas regresasen al mar. Los dos disfrutaban de la compañía del otro y eso era especialmente patente en la amistad que afloraba con rapidez entre ellos, en la cual podían distinguirse los suaves trazos de un cariño más profundo.
Y así pasó el tiempo entre ellos; minutos, horas, días. Caminando por la playa, conversando durante horas o, simplemente, sentados observando el mar, con el brazo de él sobre los hombros de ella.
Sus conversaciones abarcaban todo tipo de temas, desde cosas de poca o ninguna trascendencia  hasta los temores y las reflexiones más profundas de ambos jóvenes. Cada una de las palabras o de los gestos de Aaron hacían pensar a Valerie que aquel día había sido y sería diferente a cualquier otro que hubiese vivido. Sin embargo, no tardó en apreciar que había dos cosas que se repetían, día tras día. La primera era aquella canción, que Valerie había escuchado tantas veces que ya había conseguido memorizar; y la segunda, aquella extraña tendencia de Aaron a evadirse de todo lo tocante a su pasado.
Valerie había contado al chico toda su vida: de donde venía, donde estaba y a donde pensaba ir. Le había hablado de su familia y sus amigos. Pero, cuando cierto día había preguntado a Aaron de dónde venía, cuál era su pasado, todo lo que obtuvo por respuesta fue:
—Nada… No hay nada digno de destacar.
No fueron tanto sus palabras como la forma en la que lo dijo lo que llamó la atención de Valerie. Había sonreído para suavizar sus palabras, pero ella no pasó por alto que era un tema del que él no quería hablar. Temerosa de provocar una situación problemática en aquella paz que compartían, optó por callar. Si bien, todos los días se permitía preguntar un poco más, con la esperanza de obtener, en alguno de sus intentos, algo más que silencio como respuesta.
—Aaron… —le dijo en una ocasión —¿Qué escondes? ¿Por qué me ocultas cosas?
Él la miró a los ojos y luego tornó su vista al mar. Con expresión absorta murmuró:
—El mar… Es tan grande. Nunca nadie podrá alcanzar a descubrir todos sus peligros y, sin embargo, insistimos en mantenernos a su lado. En quererlo, incluso. No queremos ver que detrás de su lado hermoso existe un lado asesino. A veces, la gente habla de los ahogados: Dicen que el mar devuelve todo lo que no le pertenece y puede que así sea. Pero —añadió, volviendo a enfrentarse a la mirada de Valerie — te diré algo que pocos saben. Después de eso, el mar se arrepiente. Y llama de nuevo a aquello que había devuelto.
No fue hasta mucho tiempo después cuando comprendió la relación de sus palabras con la pregunta que ella había hecho. Pero en aquel momento no pudo exigir más explicaciones, porque se había perdido en los ojos del chico. Con sumo cuidado, el rodeó su cintura con un delicado abrazo y la besó. Aquel beso fue para Valerie una explosión de sensaciones. Todos sus sentidos vivían un frenesí de emociones que nunca había experimentado: Podía ver a Aaron, más cerca que nunca; escuchar el acelerado latido de sus corazones; oler su piel, que olía a mar; acariciar su torso e incluso saborearle.
Valerie hubiese dado cualquier cosa para que aquel momento durase eternamente, pero se acabó. Aquel suave contacto finalizó e Valerie se separó, sonrojada. No volvieron a hablar del tema esa tarde, sobraban las palabras. Arropados por las piedras y las dunas, pasaron el resto del día uno en compañía del otro, alimentándose de esa confianza.
Y, sin embargo, Valerie sentía que había algo que no iba bien, algo que privaba a aquel momento de la perfección.
Al día siguiente, volvió a la playa, como llevaba haciendo tiempo atrás. Cantaba para sus adentros la canción que había aprendido de Aaron pero su canción se vio truncada por la sorpresa al ver que Aaron no estaba en el lugar en el que habituaban quedar. Esperó un rato y después, aburrida, paseó por la playa en su procura.
Tampoco así lo encontró y comenzó a preocuparse. Sus pasos, antes tranquilos, eran ahora acelerados y nerviosos, como su respiración. Gritó su nombre, le pidió que viniese. Pero Aaron no aparecía y algo en lo más profundo de Valerie le decía que no aparecería. Corriendo, llego al lugar en el que habían estado al día anterior y, aunque el chico no estaba allí, se agachó para recoger una nota que descansaba sobre el suelo.  En las letras que habían sido cuidadosamente escritas sobre el papel, se podía leer:
Realmente me hubiese gustado poder decirte todo esto con palabras; me gustaría poder despedirme de ti como te lo mereces. Pero no me veo capaz de hacerlo, Valerie. Mi visita a este lugar se ha alargado más de lo debido, por una única razón, la misma que ha conseguido hacerme dudar en volver: tú. Sin embargo, sé que es lo que debo hacer. Yo no podría darte la vida que te mereces, ni aquí, ni el lugar del que procedo.
Sigue adelante, Valerie; hazlo sin mí. Encontrarás el lugar que te mereces.
Tuyo,
Aaron
P.D: He encontrado algo que te pertenece.

Y, mientras la chica estrechaba entre sus manos la conocida cadena dorada, una lágrima cayó sobre el papel. Quería ver Aaron, quería abrazarlo por última vez y preguntarle si volverían a verse algún día.
No se sentía con fuerza para moverse, para arrastrar el peso que ahora recaía en su corazón. Y con la imagen del chico en el corazón y su suave voz entonando las notas de la canción en la mente, lanzó una última mirada cargada de emoción al mar, y al chico que allí estaba.

 La anciana permanecía sentada sobre la arena, al abrigo de las dunas, contemplando el oleaje. De vez en cuando, de sus labios brotaba algún que otro suspiro solitario.
Unos metros más allá, una niña pequeña corría en su dirección. Iba descalza, y se había soltado las trenzas que su madre tan tozudamente le insistía en poner.
—¡Abuela, abuela! El abuelo dice que vengas pronto, que si no empezamos la cena sin ti.
En los ojos de la mujer se pudo apreciar un chispazo de emoción al referirse a su nieta.
—¿Y cómo sabíais vosotros que estaba aquí?
—Abuela, ¡pero si tú siempre estás aquí! Todo el día— le respondió la niña riendo.
La anciana cerró los ojos. Una sonrisa jugueteó en las comisuras de sus labios.
—Eres una niña muy lista, Marlene…— de pronto frunció el ceño, acentuando las arrugas de su frente- ¿qué llevas ahí guardado?
—Ah, ¿esto? —la niña se encogió de hombros—. Solo es una caracola que he encontrado por ahí… Es muy bonita. Ten.
Las finas manos de la pequeña se encontraron con las de la anciana, marchitas y arrugadas. Se llevó la caracola al oído, delicadamente. Un corazón dorado que llevaba prendido de su muñeca repiqueteó dulcemente.
 Los tibios rayos de sol se abrían paso por entre los nubarrones hasta lograr alumbrar el cetrino rostro de la mujer, que se había quedado helado. Había apoyado su otra mano en el corazón, el cual se había olvidado de latir por un instante.
Porque, aquella tarde de finales de invierno, después de tantos años, Valerie había vuelto a escuchar aquella canción.

martes, 31 de diciembre de 2013

Última entrada del 2013 (relato + cosas que deciros)

¡Hola!
Vale, aquí viene la última entrada del año. Yo quería que fuera un capítulo, pero con los preparativos para esta noche no me ha dado tiempo a acabarlo por muy poco. Así que espero tenerlo mañana (crucemos los dedos).
Unas cosas que quiero comentaros:
Primero, sé que algunos de vosotros me habéis dado premios y que dije que los haría, pero se me han acumulado bastantes, porque hace mucho tiempo que no hago entrada de premios, así que he decidido que al final no haré la entrada. De todas formas, se lo agradezco a todos aquellos que han premiado este blog, ¡muchísimas gracias!
Segundo, estoy pensando en hacer un Twitter para el blog. Sé que algunos de los seguidores de este blog tienen (me paso a cotillear a menudo) y yo misma tuve una cuenta personal que borré (porque no la usaba y mi TL estaba compuesto, en su mayoría, por porquerías). Bueno, ¿qué os parece?
Tercero, aquí os dejo un relato. Es diferente a los otros que he escrito hasta ahora, porque no es tan abstracto (y es bastante más largo). Lo escribí para un concurso del blog Keep calm, just read, pero no llegué a enviarlo, porque (demostrando mi intelecto superior) no vi lo de los plazos y cuando lo escribí ya era tarde. Pero bueno, yo os lo pongo aquí de todas formas ;)

EL JURAMENTO

—¡Muerte a la bruja! ¡Muerte a la bruja! ¡A la hoguera!
Aquello que antes sonaba como un murmullo lejano eran ahora fuertes gritos cargados de ira. La muchacha se encogió más en su escondite y contuvo la respiración, a la vez que apretaba el zurrón con sus escasas pertenencias contra el pecho. Dentro de su bolso podía sentir el perfil del cuchillo que había provocado aquella situación: la chica lo había robado en la casa en la que trabajaba como criada y, cuando una de sus compañeras le había preguntado para qué lo quería, ella había confesado que tenía pensado realizar un ritual. Tras eso, la otra la había delatado y la gente la había culpado de practicar brujería. Pero ella no era bruja. “¿Realmente importa?”, se preguntó entonces “De saber lo que soy realmente, también querrían matarme”.
Escuchó unos pasos peligrosamente cerca de donde se encontraba y tembló. A Charlotte, así se llamaba la chica, no le daba miedo la muerte. Pero no podía dejar que la matasen en la hoguera. Simplemente, no podía ser así. Porque de lo contrario…

Charlotte se despertó de golpe, pero no estaba alterada. Ese recuerdo había aparecido tantas veces en sus sueños que, a con el paso de los años, había aprendido a controlarse apenas un segundo después de despertar. Se incorporó del montón de mantas raídas que utilizaba por cama  con cuidado de no despertar a ninguno de los que compartía habitación con ella. Sorteó a varias personas que dormían sobre bultos de mantas similares al suyo propio y se detuvo al llegar al lugar en el que descansaba Will. La poca luz que se colaba por la ventana permitía ver los rasgos del joven, que el sueño hacía parecer incluso más suaves. A ella le hubiese gustado que tuviese los ojos abiertos, para poder apreciar el bonito color azul de los iris de su amigo.
En la calle, el ambiente era bullicioso, a pesar de que era temprano. Grandes mareas de gente se movían de un lado a otro, a diferentes ritmos. Si bien, Charlotte avanzaba sin problema, escurriéndose entre la gente. Había ciertas personas que se apartaban al verla, pues ya la conocían como “otra de esos gamberros que viven en la antigua escuela abandonada”, pero eran los menos. La joven sabía pasar desapercibida, de esa manera que solo se aprende en las calles, aunque un observador atento habría podido apreciar en su forma de caminar el porte elegante y delicado de quien había tenido una cuidada educación. Y así había sido; antes de haber sido una pícara ladrona, antes de haber sido nombrada bruja, antes de haber trabajado como doncella. Antes de todo.
Su aspecto también contribuía a hacerla pasar inadvertida, pues lo cuidaba lo suficiente como para no parecer una truhana, aunque no pudiese permitirse las ropas elegantes que veía todos los días a las chicas de la ciudad. Por otro lado, nada en su aspecto llamaba especialmente la atención, excepto sus felinos ojos, de color verde pardo, que estaban siempre medio tapados por un par de mechones de pelo azabache y que habituaban fijarse en los bolsos de las damas que paseaban por su alrededor.
Ese día era diferente. Tenía la vista fija en el suelo y buscaba huecos por los que colarse para llegar lo antes posible a su cita. Acostumbrada como estaba a moverse por la zona, no tardó en llegar. La tienda era vieja, pequeña y de aspecto desvencijado, pero aún así Charlotte entró sin pensárselo dos veces. Al abrir la puerta, una campanita sonó por toda la habitación al tiempo que la joven lo observaba todo atentamente. El lugar estaba poco iluminado, pero distinguió estanterías, en su mayoría ligeramente torcidas, con objetos variados expuestos sobre ellas. A juzgar por el aspecto gastado y mal cuidado de algunos de ellos, se atrevió a aventurar que era una tienda de artículos de segunda mano. “No es tan extraño, entonces, que la piedra haya venido a parar aquí”, se dijo.
—Buenos días, chiquilla —dijo una voz a sus espaldas. La aludida se giró y se encontró con una viejecita enjuta, de cabello cano, marcadas arrugas y ojos negros como la noche, que sonreía ligeramente, contenta de ver actividad en su casi muerta tienda, supuso Charlotte— ¿En qué puedo ayu…? Ah, eres tú —añadió al reconocerla. Ambas se conocían de anteriores negociaciones en las que siempre habían hablado del mismo tema.
La joven bandida se acercó al polvoriento mostrador y dejó caer sobre él un saquillo de tela que repiqueteó con sonido metálico al chocar contra la mesa.
—Es todo que le puedo dar —anunció sin rodeos.
La mujer dirigió una mirada escéptica a la bolsita y volcó su contenido sobre la mesa, para contar las monedas. Tras el recuento elevó la mirada; Charlotte le sacaba casi dos cabezas.
—No es mucho —murmuró la anciana.
—Pero… —la voz de la chica tembló un poco, así que se aclaró la garganta —No tengo más y necesito esa piedra.
—¿Para qué?
—Lo siento, señora, pero no lo considero de su incumbencia —intentó no sonar muy brusca y la mujer no pasó por alto sus buenos modales, que resultaban extraños teniendo en cuenta la condición social de su compradora.
—Bueno, teniendo en cuenta que no me puedes pagar lo suficiente con dinero, podrías hacerlo con información. Me paso el día encerrada aquí, pequeña. Estoy aburrida —replicó esbozando una sonrisita con su pequeña boca.
Charlotte suspiró por lo bajo.
—Leí cosas sobre ella en unos libros. Eran muy interesantes, por cierto, tal vez podría aprovecharlo para combatir su aburrimiento —comentó con cierta retranca.
Lejos de tomarse a mal el comentario, la anciana dejó escapar una risita.
—Libros de brujería, supongo —dijo entonces. La joven empalideció y tragó saliva, pero no dijo nada. La mujer comprendió que no admitiría haber leído libros de brujería ante cualquiera que la pudiese denunciar por ello. Así que fue ella quien masculló —: En ese caso no saciarían mi curiosidad, me temo. Apuesto a que ya me los he leído.
Charlotte abrió mucho los ojos. ¿Acababa de confesarle la anciana que se interesaba por la brujería? ¿O que la practicaba, incluso? El rostro de la mujer seguía conservando la sonrisa, sin que variara un ápice. Comprendió, entonces, que era cierto que no tenía nada que temer, porque, al fin y al cabo, una joven ladronzuela que también había mostrado interés en el tema no iba a reprocharle nada. La mujer revolvió un cajón y le tendió algo envuelto en un pañuelo de tela. Charlotte lo desenvolvió con cuidado y vio la piedra que tanto había buscado. Era una piedra de forma oval, del tamaño de la palma de su mano y en uno de sus lados tenía una inscripción en una lengua desconocida para ella. De ser por eso, la piedra apenas habría tenido valor. Sin embargo, lo que proporcionaba la valía del objeto eran las numerosas piedras preciosas incrustadas en el canto, que creaban un hermoso marco a la inscripción.
—Gracias —masculló Charlotte. Se disponía a marcharse ya cuando escuchó decir a la anciana, con voz pesada:
—Ten cuidado, niña. Es una piedra poderosa ¿Sabes cuáles pueden ser sus repercusiones?
—La muerte —respondió la chica sin vacilar —Pero no se preocupe, señora. No temo a la muerte. Es una vieja conocida.
Charlotte se marchó de allí antes de ver como la comprensión se dibujaba en el rostro de la anciana, que palideció y se llevó una mano al corazón.

Los dos paseantes llevaban ya un rato caminando cuando ella propuso pararse a hablar. Él se mostró de acuerdo, como hacía casi siempre al tratarse de ella. De hecho, no hubiese renunciado a pasar el día lejos de las calles en las que se ganaba la vida de habérselo pedido cualquier otro. Así que se sentó bajo un árbol, buscando más un respaldo que una sombra, dado que ya estaba anocheciendo. Ella lo imitó, pero no dijo nada.  Su mirada se posó en el suelo, cosa que sorprendió al chico, tan acostumbrado a que ella mirase fijamente a los ojos de la gente y, especialmente, a los suyos.
—Y bien, Charlotte —la animó Will —¿de qué querías hablar?
—Quería… —se armó de valor para mirarlo a los ojos, porque su orgullo no le permitía aparentar inseguridad —Quería despedirme de ti.
—No puedes estar hablando en serio ¿Te vas? ¿A dónde? —exclamó él, con verdadera pena pintada en los ojos. Sacudió la cabeza, alborotando varios mechones de pelo color miel. Charlotte vaciló. Se había planteado qué debía decirle a su amigo, pero no había llegado a decidirse. Antes de que ella pudiese seguir, el dijo —: Oh, ¿ya estás otra vez con ese condenado chuchillo? Te vas a matar, Charlotte.
Ella se dio cuenta entonces de que lo había sacado de su bolsa y lo sostenía entre las manos, recorriendo el intrincado gravado de la empuñadura con el pulgar, como hacía siempre que se sentía preocupada.
—Lo que tú no sabes, Will, es que, en cierto modo, no puedo matarme —respondió, sonriendo amargamente.
—¿Qué? —preguntó él al cabo de unos segundos, confuso.
La joven soltó un largo suspiro antes de comenzar su explicación.
—Todo empezó hace 10 años. Si me estás imaginando como una niña pequeña, olvídate de eso, porque tenía el mismo aspecto que tengo ahora. Mi familia pertenecía a un linaje rico; recuerdo que mi abuela me contaba viejas historias de mis antepasados: según ella, tiempo atrás mi apellido lo habían llevado los nobles más poderosos de la zona.  Mi padre había vendido parte de sus tierras a unos ricos comerciantes, entre ellas una de sus residencias. Se sentía muy indignado porque se habían quedado con una daga y una piedra que habían pertenecido a la familia durante generaciones y, cuando había acudido a recuperarlas, lo habían echado de allí. Toda la familia estaba indignada, pero yo era posiblemente la que más. Y dije algo que no debí haber dicho. Resulta irónico, porque en aquel momento no le di importancia, pero ahora recuerdo las palabras exactas. Dije “Juro sobre esa piedra y ese cuchillo, que no descansaré hasta recuperarlas”. Qué estúpida fui. Juré sobre objetos mágicos, aunque, obviamente, yo por aquel entonces no sabía que lo eran. Ni siquiera hoy alcanzo a imaginar qué clase de poder albergan. Pero mi juramento recae sobre ellos. ¿Sabes lo que conlleva eso? Que no iré al cielo hasta cumplir mi juramento. Por eso, aquella noche, cuando toda mi familia murió en un accidente, yo me quedé aquí, aunque, en cierto aspecto, también morí. Con el tiempo reuní información. Descubrí que mi espíritu quedaría atado a la Tierra hasta que no cumpliese mi palabra. Se me había permitido conservar mi cuerpo para poder lograr mi objetivo, pero si no moría como debía, mi espíritu se quedaría anclado a la tierra para siempre, pues no podría cumplir mi juramento. No hay mucho que pueda hacer un fantasma, ¿no crees? Para poder descansar debía cumplir mi palabra y morir entregando mi sangre a aquellos objetos sobre los que había jurado. Así que entré a trabajar como doncella de los comerciantes para recuperar lo que era mío, pero solo tenían el cuchillo. Como ya sabes, me fui de allí, y he estado siguiendo la pista de la piedra. Por fin la tengo, Will. Por fin podré descansar con mi familia. Yo… voy a entregarles mi sangre —terminó, tendiendo ante él ambos objetos. Se le había empañado la vista.
Will la miró perplejo, también con los ojos llorosos. Una parte de él no quería creerlo, pero la creyó. Y eso no hacía más que acentuar el nudo de su garganta.
Charlotte se acercó a él, con cuidado. Le sostuvo la mirada unos segundos, antes de cerrar los ojos y depositar un suave beso en los labios del chico. Era el primero y, ella lo sabía, también sería el último. Al separarse, sus voces murmuraron, al unísono:
—Te quiero.
Charlotte se levantó de un saltó y, sin pensárselo dos veces, se hundió el puñal en el pecho. Con las escasas fuerzas que le quedaban, manchó también la piedra con su sangre y luego se desplomó en el suelo. Will ahogó un grito al ver la escena y se abalanzó hacia el cuerpo inerte de su amiga. Pero apenas un segundo después, observó, con fascinación, como el cuerpo de Charlotte se difuminaba y como aparecía, en su lugar, una suave estela de luz que se elevó en cielo. Él la siguió con la mirada, mientras se hacía más y más pequeña y, justo cuando creía que iba a desaparecer, se detuvo en el cielo. Ahora era una estrella más y Will supo que, de una forma u otra, Charlotte siempre estaría ahí.
Todavía llorando, recogió del suelo el cuchillo y la piedra manchados de sangre, y las apretó con fuerza. Era todo lo que le quedaba de Charlotte. Eso, y una estrella.


Y, esto ha sido todo. Muchísimas gracias a los que leéis y comentáis, sois absolutamente geniales.

OS DESEO UN FELIZ AÑO NUEVO Y ESPERO QUE CONSIGUÁIS TODO LO QUE OS PROPONGAIS EN EL 2014 (todo todito, como si es inventar una máquina que saque los personajes de los libros para traerlos a mi casa). 

miércoles, 17 de julio de 2013

Historia de fin de semana


Patri, autora de Las 5 piedras de Afrodita, me ha seleccionado para continuar con una iniciativa llamada Historia de fin de semana, que consiste en la colaboración de varias personas para escribir un solo relato. En este caso, Irene, la creadora del premio, inició el relato que luego continuaron Sary, Shenia, Alba, Patri y que, dado que el plazo de este relato termina mañana, me toca concluír.
El relato dice así:

Era tarde. Como muchas noches de invierno mis preocupaciones no me dejaban dormir. Subí en silencio las escaleras y abrí la puerta de la buhardilla. Estaba muy oscuro, pero la pequeña ventana que daba a la calle dejaba entrar un hilo de luz que dibujaba una línea amarillenta en el suelo de la sala. Lo seguí con la mirada y me senté justo en el punto en que la línea empezaba a trepar por la pared...

El viento azotaba la casa con fuerza, y a través de las bisagras de las ventanas se colaban pequeñas corrientes que invocaban el ulular de los búhos como un cántico gregoriano. Las sombras de la buhardilla parecía bailar al ritmo de este sonido, emergiendo de todos los rincones, tratando de alcanzarme con sus afilados y escurridizos dedos. Cerré los ojos, y las lágrimas empezaron a caer a raudales por mi rostro y a precipitarse al vacío al caer desde mi barbilla. Apoyé la cabeza sobre las rodillas y dormité lo que parecieron unos segundos...

La lluvia acariciaba mi rostro. Miré al cielo, claro y azul, y la luz del sol atravesó mis pupilas. Era ilógico, un tiempo demasiado agradable a excepción de la suave lluvia que empapaba mis ropas lentamente. Comencé a caminar por la fresca hierba, la cual se colaba entre mis dedos provocándome un dulce cosquilleo. Aquella tranquilidad que me inundaba era lo que necesitaba para no pensar en nada, para vivir en paz. Un fuerte sonido me despertó de mi placentero sueño, devolviéndome a la oscura realidad. Me levanté del suelo y me asomé por la ventana, logrando divisar una extraña figura que parecía observarme desde el exterior. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al sentir su mirada. Era demasiado tarde y estaba muy oscuro, no sabía quién era aquel misterioso individuo. No me quedaba más remedio que salir a averiguarlo...

Antes de poder imaginar quién podría ser, recordé que era imposible que alguien hubiera llegado hasta ahí. ¿Quién querría verme? Mis preocupaciones se esfumaron por unos segundos mientras entrecerraba los ojos para poder distinguir aquella misteriosa y oscura figura a través del cristal sucio de la ventana. La poca luz acariciaba las formas y pliegues de una chaqueta y me dio una vaga idea de cómo sería el cuerpo de aquel misterioso visitante. La culpa me golpeó de nuevo al darme cuenta de que, esa persona, ese hombre, era la causa de mis preocupaciones y de mis grandes temores…

La poca luz que entraba por la ventana titiló un segundo e hizo que cerrara los ojos. Cuando los abrí de nuevo temía que esa persona se hubiera esfumado, pero no, seguía allí. Quieto. Observándome. Había descubierto ya quien era pero las lágrimas que aun seguían cayendo por mis ojos me hacían dudar.
-Lo siento –Escuché de fondo, di media vuelta y me volví a acercar a la ventana de la buhardilla.
Sí, era él. Después de tanto tiempo, ahí estaba. Bajo mi ventana. Pero no quería creerlo, me costó olvidarle. Me hizo daño, mucho daño…

Una nueva lágrima, iluminada por la suave luz de la luna, rodó por mi mejilla y, aunque suene egoísta, sentí pena por mí misma. Nadie debería llorar el día de su cumpleaños. Pero ahí estaba él, invocando mis lágrimas. Cerré los ojos y ese gesto solo hizo más patentes los recuerdos del dolor: un grito, un golpe, luego otro, el miedo envolviéndome… Dolor.  Volví a abrirlos para enfrentarme a su figura. No era un misterio para mí porque había escogido este día para visitarme. Ahora era mayor de edad, podía escoger volver a su lado o seguir apartada de él.
-Lo siento –repitió con voz trémula –Cariño, baja. Abre la puerta.
El sollozo que llevaba tiempo intentando contener escapó de entre mis labios. Dos años luchando para que el olvido se llevase mis recuerdos y ahora ahí estaba él, trayéndolos de vuelta, destrozando en mil pedazos la tranquilidad de la noche, entorpeciendo la delicada danza de los rayos de luz de la luna.
Salí corriendo hacia mi habitación, dejando atrás al hombre que me tan brutalmente me había arrancado la infancia. Esa fue la última vez que vi a mi padre.

Y este es mi final. De faltar más tiempo hubiese dejado el final de mi parte más abierto y hubiese pasado el premio a otro para continuarla. Pero, como ya dije, el plazo termina mañana.
Un beso y gracias a Patri por darme la oportunidad de contribuir en el relato.

P.D: Tengo la esperanza de que Google Reader no nos abandone, pero por si acaso, me he hecho Bloglovin'. En la barra lateral encontraréis el botón para seguir el blog en Bloglovin', así que si queréis seguir leyendo LADA en caso de que Google Reader se vaya, solo tenéis que hacer clic ahí ;)


viernes, 17 de mayo de 2013

Relato #4 Día de las Letras Gallegas


A ESTELA DO PASADO
As miñas mans apenas eran capaces de capaces de soster a pluma coa que escribía. As palabras do poema que acababa de escribir, dese último intento de expresar as miñas emocións, eran revisadas, vez tras vez, polos meus ollos.  Quería que as palabras que plasmaba no papel lle fixeran chegar, a ese rapaz que dende facía xa varios meses acaparaba os meus pensamentos,  os meus verdadeiros sentimentos. Recórdoo perfectamente.
Recordo, tamén, como camiñei con paso indeciso ata a porta da súa casa, onde deixei a carta, a única confidente dos meus sentimentos. 
Logo marchara de alí, coa única esperanza de recibir, antes ou despois, unha resposta á miña nota. Unha resposta que nunca chegou as miñas mans.
O tempo pasou por min, por el e por todo, axudándome a esquecelo.
Coñecín a novas persoas, novos homes. Namoreime de novo, viaxei e incluso casei con outra persoa, convencida de que os meus sentimentos polo destinatario da nota desapareceran.
Tiven unha vida feliz.
Pero, hoxe, vendo como as miñas mans tremen de novo mentres sosteño a pluma, non podo evitar rememorar ese momento. E sinto como se me encolle o corazón, como volven a min emocións pasadas. Sentimentos que me fan ver que, en realidade, nunca o esquecín por completo.
Pero sigo escribindo mentres que o medo ao final me envolve de xeito atroz. É certo que me custa agarrar a pluma, pero os motivos non son os mesmos. Cústame agarrala pola enfermidade, polo cancro.
E agora que vexo o final tan preto, escribo este poema pensando nel, na miña negra sombra, coa esperanza de que alguén, ao lelo, saiba o que sentín ao longo da miña vida.

E así é, porque máis de cen anos máis tarde, unha rapaza chorosa pola rexeita desa persoa á que tanto quere, sostén o libro Follas Novas entre as mans. E, lendo os versos de Negra Sombra, pensa: “¿Que che pasaría, Rosalía, para sentirte así como me sinto eu? No fondo, non somos distintas …”



Poema Negra Sombra, por Rosalía de Castro. Escrito en Gallego antiguo. 





LA ESTELA DEL PASADO
Mis manos apenas eran capaces de sostener la pluma con la que escribía. Las palabras del poema que acababa de escribir, de este último intento de expresar mis emociones, eran revisadas, vez tras vez, por mis ojos. Quería que las palabras que plasmaba en el papel le hiciesen llegar, a ese chico que desde hacía ya varios meses acaparaba mis pensamientos,  mis verdaderos sentimientos. Lo recuerdo perfectamente.
Recuerdo, también, como caminé con paso indeciso hasta la puerta de su casa, donde dejé la carta, la única confidente de mis sentimientos.
Luego me marché de allí, con la única esperanza de recibir, antes o después, una respuesta a mi nota. Una respuesta que nunca llegó a mis manos.
El tiempo pasó por mí, por él y por todo, ayudándome a olvidarle.
Conocí a nuevas personas, nuevos hombres. Me enamoré de nuevo, viajé e incluso me casé con otra persona, convencida de que mis sentimientos por el destinatario de la nota habían desaparecido.
Tuve una vida feliz.
Pero, hoy, viendo como mis manos tiemblan de nuevo mientras sostengo la pluma, no puedo evitar rememorar ese momento. Y siento como se me encoje el corazón, como vuelven a mí emociones pasadas. Sentimientos que me hacen ver que, en realidad, nunca le olvidé por completo.
Pero sigo escribiendo mientras que el miedo al final me envuelve de manera atroz. Es cierto que me cuesta agarrar la pluma, pero los motivos no son los mismos. Me cuesta agarrarla por la enfermedad, por el cáncer.
Y ahora que veo el final tan cerca, escribo este poema pensando en él, en mi negra sombra, con la esperanza de que alguien, al leerlo, sepa lo que sentí a lo largo de mi vida.

Y así es, porque más de cien años más tarde, una chica llorosa por el rechazo de esa persona que tanto quiere, sostiene el libro Follas Novas (Hojas Nuevas) entre las manos.  Y, leyendo los versos de Negra Sombra, piensa: “¿Qué te pasaría, Rosalía, para sentirte  como me siento yo? En el fondo, no somos tan distintas...”

................................................................
Hola, lectoras:
Como veis, al final me he decidido a publicarlo. Espero que disfrutéis leyéndolo y comparándolo en ambos idiomas. En realidad, el gallego no es tan diferente del castellano :)
En el texto hago alusión a Rosalía de Castro, a pesar de no ser la escritora homenajeada este año, porque la considero una de las mayores representantes del gallego y es la única autora de la que sé algo. Lo de que se pasó la vida enamorada de un hombre que no era su marido me lo he inventado, no conozco su vida personal muy a fondo;) Ciertamente, se casó, viajó y murió de cáncer, pero ahí terminan mis conocimientos ^^ 
Y quiero aclarar, también, que el gallego del texto y mi gallego habitual difieren mucho, porque mi gallego hablado (como en el de casi todos) tiene muchas influencias del castellano.
Siento haberos soltado todo este rollo, pero me gusta dejar las cosas claras :)
¡Un beso y muchísimas gracias a los que leéis!

jueves, 9 de mayo de 2013

Relato #3



CARTA AL MUNDO
1er día de mi nueva vida

Querido mundo:
Te escribo esta carta para dejarte clara una cosa. He vuelto, me uno de nuevo a la partida de ese juego al que llamas vida. Pero, esta vez, soy fuerte; más fuerte de lo que puedes imaginar.
Escribiendo esto casi me puedo imaginar tu reacción cuando lo leas: esa sonrisa fría y calculadora, la mirada voraz y ese pensamiento cruzando tu mente “Mi juguete ha vuelto”.
Y eso es lo que te voy a dejar claro, que ya no soy un juguete. No soy el peón de tu partida de ajedrez, ese que solía ser. Ese que sacrificabas una y otra vez, partida tras partida. Ahora soy la adversaria, la que mueve las piezas.  

Y sé que todos esos sacrificios y caídas han valido la pena, solo ahora puedo verlo. He aprendido de ti, de tu avidez, de tu falta de corazón. ¿He perdido el mío? Ni aunque quisiese. ¿Lo he invadido con ese odio que te rodea? En absoluto. Porque hay una cosa que me lo impide, una cosa que me  envuelve, una cosa que me hace más fuerte, una razón de ser. Y esa cosa son todas las personas a las que quiero y que me quieren. Tal vez antes pudieses conmigo o, incluso ahora, a pesar de que soy más fuerte. Pero no podrás con todos nosotros, no podrás ganarle una partida de la vida a todos esos que se esfuerzan realmente en llegar a su sueño. Somos mejores que tú.
Quiero que te alejes de mí de mi vida, esa que consideras un juego.
Antes no eras así, antes no había problemas. Cuando era una niña, jugabas conmigo, por diversión, no por el placer de verme perder. Jugábamos a ese juego en el que no había ganadores ni perdedores. ¿Qué ha cambiado? ¿Qué he hecho?
Antes... Antes.
Antes yo no lo controlaba, porque no había nada que controlar. Y ahora... no tiene por qué haberlo. De nuevo, puedo adivinar tus gestos: Ojos abiertos como platos, con mirada estupefacta, la boca torcida en una mueca. Y, en tu cabeza, un nuevo pensamiento, “He perdido”. ¿Me equivoco?
No, no lo hago. Ese eres tú ahora, el vencido. Pero tú si estás equivocado, porque no queda ya un juego al que perder. Mi único movimiento en esta partida de ajedrez es tirar el tablero de la mesa. No tengo que enfrentarme a ti.
De hecho, empiezo a dudar que haya tenido que hacerlo alguna vez. Porque tú no me controlas, yo te controlo a ti. Si no me preocupo por ti, mi querido mundo... ¿Qué harás? ¿Dónde quedarás? Si no me centro en tus efectos, como de pequeña, no producirás más.
Te has quedado hablando solo, jugando contigo mismo.
Espero que algún día, después de tu largo futuro de reflexión en soledad, te acuerdes de mí. No como esa persona que te destrozó, sino como esa niña con la que pasaste buenos ratos, como una amiga.
Pero, mientras no aprendas a respetar a todos los que se interponen en tu camino, seremos simples conocidos. Porque ni siquiera tú, mundo, eres perfecto.
Y porque ahora todos lo saben, que están por encima de ti. Que la solución a todos los problemas que les ocasionas está en sus manos. Que nada puede detenerles.
Cordialmente:

Mi nuevo yo.





jueves, 11 de abril de 2013

Relato #2



HISTORIA DE UN DESAMOR
En mi vida hay muchas cosas que me gustan, a pesar de saber que no son buenas para mí. El chocolate, el exceso de ordenador y… tú, por ejemplo.
En ocasiones, cuando te miro, desearía no tener que sentir esa extraña e inútil sensación en mi estómago. Sensación que, por cierto, ya ha ido disminuyendo. Y eso es bueno, ¿sabes? Porque, aunque cuando decíamos "te quiero" no mentíamos queriendo, mentíamos, al fin y al cabo. Porque no sabíamos querernos.
A pesar de todo, no me arrepiento del tiempo que pasé contigo. Cuando pienso en él, no me trae malos recuerdos; ni siquiera ahora, a pesar de la finalidad de este texto.
No pretendo ser egocéntrica y decirte que en el futuro miraré atrás y serás un simple error más en mi vida. Porque no sé lo que pasará en el futuro. Tal vez sea así, pero, siendo realistas, yo también seré un error en la tuya.
Tampoco voy a hacer algo que he leído en muchos textos de este tipo: enumerar todos los errores que cometiste. ¿A caso fui yo perfecta? ¿Acaso no he hecho muchas cosas que tú podrías recriminarme?
Llegados a este punto pensarás: "Entonces, ¿por qué estoy escribiendo esto?" Pues, porque cómo ya he dicho, no sabemos querernos. Y, aunque disfrute mucho de nuestra relación de "más que amigos", creo que es hora de retroceder un paso y volver a la amistad. Creo que podemos conseguirlo, evitando que sea violento, porque, aunque nunca hubo amor, si hubo cariño; y sigue ahí.
Si te dejo, amigo, es para poder aprender a amar.