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miércoles, 11 de febrero de 2015

Capítulo 7

En el bosque

E
se día rompí un plato mientras servía una mesa y un vaso mientras fregaba los platos. Mi mente parecía acoger a un huracán y me resultaba completamente imposible concentrarme en lo que hacía; incluso yo misma me frustraba ante mi nerviosismo. Tiffany me sugirió en un par de ocasiones que fuese a casa descansar, alegando que me veía mala cara, así que me obligué a apretar los dientes, negar con la cabeza y centrarme en lo que hacía. 
«He pasado por cosas peores», pensé mientras pasaba una bayeta húmeda por la barra. «Puedes con esto. O, al menos, puedes obviarlo y seguir con tu trabajo».
El resto del día pasó agónicamente lento. Conseguía, más o menos, desviar mis oscuros pensamientos a base de repetir los pedidos de los clientes una y otra vez en mi cabeza o de hablar con Josh cuando tenía momentos libres. Pero, cuando empezaba a pensar que las cosas iban algo mejor, descubrí que aquel sentimiento de temor era irreprimible: ahora que había logrado mantener la mente en blanco, había conseguido manifestarse en forma de dolor físico. Un dolor que me atacaba, más concretamente, justo bajo los omóplatos.
También en un principio intenté ignorarlo, pero en cierto momento, estando sola en la cocina esperando a que el microondas terminase de calentar un sándwich, sentí un latigazo de dolor recorrerme de arriba abajo e, involuntariamente, mi espalda se arqueó en una horrible convulsión. Solté un jadeo ahogado, ¿qué había sido aquello?
 Noté un picor insoportable en la espalda y cuando me metí la mano por dentro del jersey para rascarme, mis dedos rozaron algo suave. Al sacar la mano, vi que era una pluma negra como la boca del lobo. Me quedé atónita.
¿Era posible que el preocuparme tanto por mi condición de ángel e intentar ocultarlo me llevase a tal extremo? Posiblemente, pensé, también influiría el hecho de que llevaba muchísimo tiempo sin sacarlas y darles algo de uso.
Mi cerebro tardó en reaccionar más tiempo del que  me gustaría admitir. Abrí el microondas e, ignorando el sándwich humeante de queso demasiado derretido, salí corriendo de la cocina.
—Josh —dije, al cruzarme con mi compañero —, tengo que irme. Lo siento, pero me encuentro fatal y…
—Eh, tranquila —respondió, cortando mis balbuceos —. Deberías haberte quedado en casa ya por la mañana, teniendo en cuenta que ayer ya te encontrabas mal; debes de estar cogiendo algo, ve y descansa lo que te haga falta.
—Gracias. Me voy.
Me marché de allí con el uniforme puesto, bajo la mirada extrañada de Josh, a quien no dediqué ni una sonrisa. Corría entre las calles sintiendo los latidos del corazón justo en el lugar del que salían mis alas, cuyo escozor era cada vez más agudo.
La gente giraba la cara al verme corriendo a toda prisa por las calles de un pueblo que se caracterizaba por tranquilo. Algunos, que me conocían del bar, hasta me saludaban, pero no me detuve por ninguno de ellos. Tenía que correr; correr e ir a dónde nadie me viese.
Gemí al sentir un nuevo latigazo de dolor y luché por contener las alas. No podía dejarlas salir, no siguiendo en medio del pueblo. Me esforcé por correr más y más rápido: aún me quedaba un buen trecho hasta el bosque y tenía la sensación de que no podría contenerme mucho más tiempo.
Tras lo que me pareció una eternidad, vi el bosque ante mí. Atravesé la carretera que me separaba de él sin mirar, y me libré de que me atropellasen por los pelos; pero en ese momento no podía pensar en algo así. Necesitaba llegar…
En el mismo segundo en el que mis pies tocaron el irregular suelo cubierto de hierba, tropecé y caí cuesta abajo. Ninguno de los golpes que me propiné mientras rodaba por la tierra me importó en absoluto, porque me sentía totalmente liberada. Al llegar al final de la pendiente, permanecí un rato tumbada boca abajo, con mis bonitas alas negras extendidas a ambos lados de mi cuerpo y una embriagadora sensación de calma y libertad tan intensa que me hizo estremecer.
Miré los dos grandes abanicos de plumas negras con el rabillo del ojo; aún seguían extasiándome cada vez que los miraba. Me resultaba tan difícil creer que algo tan hermoso me perteneciera…
Apoyada por mi sentido común, que no dejaba de recordarme que todavía estaba muy cerca de la carretera, me puse en pie y me adentré en el bosque.
No sabría decir cuánto tiempo estuve volando por entre los árboles, sintiendo el viento agitarme el pelo y el cálido cansancio apoderarse poco a poco de mi cuerpo. El vuelo me ayudó a relajarme y aclarar las ideas, ahora que podía pensar libremente sin miedo a estallar.
Los árboles  pasaban a mi lado tan rápido que se convertían en meros borrones para mis ojos y los sonidos del bosque eran simples zumbidos. Las ramas que chocaban contra mis alas caían al suelo, quebradas por su fuerza y la velocidad, y yo apenas notaba un roce.
Aquella sensación era tan embriagadora que por un momento deseé que no acabase nunca. Quería ser un ángel, solo un ángel, y dejar atrás todos los problemas de humana que tenía. ¿Vivirían así los ángeles de Loryem? ¿Serían tan libres como yo en aquel momento? Me dije a mí misma que daba igual para obviar el hecho de que ya nunca lo sabría.
Suspiré y ralenticé mi vuelo hasta detenerme suavemente sobre el suelo. Me sentía mucho mejor que antes, pero de todos modos hice desaparecer las alas en mi espalda. No podía dejarme llevar por aquella sensación, no podía fantasear con vivir como un ángel salvaje. Yo era Katrina Myder, la chica arcángel, la que pretendía ser Katrina Sulwell, la que echaba de menos a Cassie cada día que pasaba y la que tenía problemas suficientes como para ahogarme con ellos.
Y haría lo que debía hacer: me enfrentaría a ellos.
Sonriendo, empecé a caminar hacia la carretera, atravesando el silencioso bosque. El gélido aire silbaba entre las hojas de los árboles, pero era el único sonido que se escuchaba. Las pocas aves que andarían por allí en pleno invierno se habían alejado por mi presencia; había descubierto que a los animales no les agradaba la energía que desprendían mis alas, al contrario de lo que pasaba cuando era un ángel blanco. De todas formas, sabía por experiencia que irían apareciendo ahora que había hecho desaparecer las alas.
Pero los pájaros no volvían.
No le di importancia en un primer momento: era invierno, y los animales no andaban de paseo sin razón. Aún sabiendo eso, no podía evitar sentir que aquel silencio era inquietante. Me paré y agudicé el oído: quería escuchar algo, cualquier cosa.
No tardé en arrepentirme de ello, porque escuché algo. Escuché pasos y, luego, el familiar sonido de las alas al batirse.
La sangre se me congeló en las venas e intenté pensar razonadamente: si lo que había oído era un ángel, como yo creía, estaba en problemas. Si era un ángel blanco, me atacaría en cuanto sintiese que era un ángel negro. Y si el desconocido era como yo… entonces también tendría problemas, porque la mayoría de los ángeles negros no eran lo que se dice sociables.
Una parte de mí esperaba que fuese Samuel, pero lo dudaba seriamente. Con una repentina decisión, me escurrí entre los árboles, caminando todo lo deprisa que podía sin hacer ruido. Mientras avanzaba, no pude ver nada, pero aquel sonido me perseguía, como una burla. Pasos, aleteo; pasos, aleteo. Estaba segura de que el ángel que estaba allí, fuese quien fuese, me estaba viendo a mí y que hacía aquello para ponerme nerviosa. Aunque no me gustaba admitirlo, lo estaba consiguiendo. En un par de ocasiones intenté caminar hacia el sonido, pero cuando llegaba al lugar del que pensaba que provenía, descubría que allí no había nada, y el sonido me llegaba desde cualquier otro lado. Y aquello no hacía más que asustarme.
Finalmente, alcancé la carretera y dejé de oír el desquiciante sonido. En aquel momento, con los pies sobre el asfalto que antes había odiado y que ahora consideraba una bendición, eché a correr.
Llegué al hostal un buen rato después, completamente agotada y todavía con el corazón en un puño. Agradecí que en el recibidor no hubiese nadie, porque la señora Smith me habría preguntado qué pasaba y el señor Smith… era de las últimas personas a las que quería ver.
Al llegar a la puerta de mi habitación caí en la cuenta de que me había dejado las llaves en mi sudadera, en el bar. Pero al apoyarme contra ella con resignación, se abrió. Entré, primero desconfiada y luego aliviada al ver que Samuel estaba dentro. ¿Cuánto tiempo había pasado en el bosque? Normalmente yo llegaba antes que él…
No pude seguir pensando en ello porque él se levantó de la cama y corrió a abrazarme. Sin que yo me lo esperase, me beso con ansia en los labios. Le devolví el beso, que ya sabía a sal por culpa de mis lágrimas. Tenía demasiados sentimientos en mi interior como para contenerlos todos.
—¿Dónde estabas? —exclamó Samuel al separarse —. Estaba preocupado, Kat, creí que te había pasado algo…

—De hecho, han pasado muchas cosas —respondí con amargura.

jueves, 15 de enero de 2015

Capítulo 6

Hola, gente que sigue leyendo esto a pesar de lo mucho que tardo en subir.
Lo siento, lo siento mucho. Quería subir este capítulo mucho antes, pero estuve muy centrada en otra historia en la que estoy trabajando y, la verdad, no tenía ganas de escribir esto. Y pensé «mejor tarde y bien, que rápido y mal». No quería escribir sin ganas y eso fue lo que hice. Pero estos días me obligué a hacer el esfuerzo y, con él, han vuelto las ganas. Espero tardar menos en subir el próximo. Y, si hay alguien por ahí que a pesar de todo sigue leyendo, gracias.
Os dejo con el capítulo.



El   loco
C
uando me desperté sentía la cabeza latir como si me hubiesen golpeado con un ladrillo, pero no conseguía asimilar la razón de aquella sensación. Tampoco sabía dónde estaba. Intenté abrir los ojos, pero la luz me cegó. Una mano tomó la mía con la suavidad y delicadeza de una mujer... ¿Mamá? No, no podía ser. Yo no estaba en Cooderal, ¿o sí? Abrí los ojos de nuevo, esta vez más lentamente, y lo poco que alcanzó a ver mi mirada borrosa a través de mis pestañas corroboró que no estaba en casa.
—Samuel —dijo la voz de la señora Smith, en tono bajo. De todas formas, su voz me pareció demasiado estrepitosa —, está despertando.
Mientras hablaba, luché por abrir los ojos del todo, lo que no me resultó tan difícil ahora que empezaba a acostumbrarme a la claridad.
—¡Kat! —exclamó Samuel acercándose a mí. Le miré y eso hizo que me sintiese ligeramente reconfortada. Abrí la boca para preguntar qué había pasado, pero de ella solo salió un desagradable graznido, que me hizo arrugar la nariz por la sorpresa del extraño ruido. Samuel rió entre dientes y vi como la preocupación se disipaba un poco de su rostro —. Te has desmayado; cuando llegué la señora Smith te estaba levantando del suelo.
—Fui a la cocina y vi como caías cuando yo volví. Menos mal que entonces llegó Samuel, sino no habría sido capaz de colocarte en el sillón —aclaró la anciana.
Me incorporé lentamente para sentarme y, prevenida por la vez anterior,  carraspeé antes de preguntar:
—¿Podemos ir arriba?
Antes de que Samuel tuviese tiempo de responderme, una voz tras él habló en su lugar.
—Creo que será lo mejor, sí. Y a ser posible, no vuelvas a entrar aquí, niña.
Al mirar por encima del hombro de Samuel me encontré con el señor Smith plantado en la puerta, con una expresión altiva que incitaba a pensar que algo maloliente había alcanzado su nariz.
En cualquier otro momento me habría gustado corresponder a su expresión, pero estaba demasiado conmocionada como para hacer nada. Con un movimiento lento, giré la cabeza hacia la estantería en la que había cogido aquella extraña piedra. Su tono azulado era todavía bastante oscuro, más de lo que lo había sido antes… al menos, cuando yo estaba a aquella misma distancia. ¿Por qué se había oscurecido de aquella manera al acercarme a ella? ¿Y por qué, al tocarla, me había hecho… lo que fuese que me hubiese hecho?
Sacudí la cabeza, presurosa por salir de allí, e hice un gesto a Samuel para que me ayudase a levantarme. Una vez en pie, se pasó uno de mis brazos por sus hombros para cargar con parte de mi peso, cosa que le agradecí con una sonrisa; sentía el cuerpo demasiado agotado como para subir las escaleras sin ayuda.
—Si necesitáis algo no dudéis en avisar —nos dijo la señora Smith.
—De acuerdo —respondió Samuel con su más educada sonrisa—. Muchas gracias.
El señor Smith, por el contrario, no se dignó a decir nada, y mucho menos a preocuparse. Pero, sin embargo, fijó su mirada en mí y me fulminó con ella. Nunca había simpatizado con aquel hombre, pero en aquel momento, sintiendo su odio hacia mí latir con tanta fuerza, desconfié. Desconfié mucho.
Mi ascenso por las escaleras resultó casi penoso. Tropezaba a cada poco, porque no sentía las piernas y no levantaba los pies lo suficiente. Al llegar al sexto escalón, Samuel optó por llevarme en volandas. Me bajó para poder abrir la puerta de nuestro cuarto con la llave y luego me ayudó a llegar a la cama arrastrando los pies.
—Duerme un poco —sugirió. Yo no quería dormir; quería hablarle de lo que había pasado, y del señor Smith. Pero antes de que me diese tiempo a reprochar, me quedé dormida.

Lo primero pensé al despertar fue que todo había sido un sueño. ¿Cómo sino iba a explicar la repentina desaparición del dolor? Sin embargo, estaba segura de que había sido real. Tal vez había dormido muchas horas y se me había pasado. La luz que entraba por la ventana era la artificial de alguna farola, así que podría ser cualquier hora de la noche.
Una voz en la otra punta de la habitación disolvió mis sospechas:
—¿Ya te has despertado? Que poco has dormido —dijo Samuel, que leía recostado en una silla y alumbrándose con una pequeña linterna. Le agradecí el gesto de no encender la luz para dejarme dormir.
—¿Cuánto? —pregunté simplemente con voz ronca.
Él se encogió de hombros y se sentó a mi lado, en la cama.
—Hora y media, más o menos.
Hice una mueca. Era cierto que había dormido poco: después de lo que acababa de pasar, creía que dormiría durante horas y horas.
Samuel me sonrió y me besó brevemente, en un gesto que me resultó de lo más reconfortador. Sin embargo, me separé con rapidez y, mientras me peinaba con los dedos, empecé a hablar:
—Aquí hay algo raro. Esa maldita piedra no es una piedra normal y creo que el señor Smith lo sabe… lo de la piedra y lo nuestro —espeté, directa al grano.
—Cuéntame lo que pasó, Kat —pidió, estrechando mis hombros y fijando su mirada en la mía —. Con todos los detalles.
A pesar de que intenté relatarle lo ocurrido con la mayor precisión posible, apenas tardé un par de minutos en contarle todo: al fin y al cabo, no había tanto que contar.
Cuando acabé, cerré la boca con fuerza y le miré para darle pie. Él ya no me miraba, sino que escudriñaba la pared con gesto concentrado.
—Yo tampoco creo que sea casualidad que el señor Smith tenga una piedra que identifica a los ángeles —reflexionó en voz baja —. Pero hay algo que no entiendo, Kat.
—¿El qué?
—Yo también toqué la piedra. Me dije que no debía hacerlo, que podría pasarme lo mismo. Pero la curiosidad me pudo y la toqué. Y... no me pasó nada. Es decir, me dolió. Fue como una descarga de energía por todo mi cuerpo, pero no me desmayé, ni siquiera sentí que me mareaba.
En esta ocasión fue él el que calló para dejarme hablar a mí. Pero yo no sabía qué decir, qué significaba aquello o por qué me había ocurrido a mí y a él no.
—Soy más débil que tú —resolví. Era lo único que se me ocurría y, en el fondo, no era tan descabellado.
Samuel sacudió la cabeza negativamente; yo se lo agradecí, pero no llegué a creerme que mi teoría fuese tan fácil de rechazar. Él se levantó y empezó a andar por la habitación, en silencio. Yo lo observaba y me mordí la lengua en varias ocasiones para no apurarlo. Tenía la sensación de que necesitaba silencio.
—Cuéntame otra vez lo que sentiste al tocar la piedra.
Yo no sabía adónde quería llegar con eso, pero respondí de todos modos:
—Ya te lo dije antes: fue como si un dolor entrase en mí…
—¿Cómo un calambre? —me interrumpió.
Mi primer impulso fue asentir, pero no lo hice.
—No —acabé por decir, ante la sorpresa de Samuel y ante la mía propia. Intenté organizar mis pensamientos antes de intentar hacérselos llegar a él —. No sé cómo explicarlo… Un calambre es… —titubeé —, es más rápido. Cuando sientes un calambre apartas la mano involuntariamente y todo entra en tu cuerpo en un segundo, como si no fuese posible seguir tocando eso. Lo que sentí yo fue más como… no sé con qué compararlo, Samuel, nunca había sentido nada así. Me desmayé al instante, pero lo poco que recuerdo de ello fue extraño. Era como si no me pudiese separar de ella, y notaba la energía entrar en mi cuerpo poco a poco —de repente, cerré la boca de golpe. Me di cuenta de que en realidad sí había sentido algo así —. Samuel —mascullé, para asegurarme de que me prestaría atención. Él me observó y levanto una ceja interrogativo —, fue como cuando tú me fluctuaste energía.
Samuel detuvo su nervioso paseo por la estancia y me miró fijamente. Estaba extremadamente pálido, como si aquello fuese una revelación extraordinaria. Pero, pensé, él no podía saber a qué me refería. A él nunca le habían traspasado energía, ¿por qué se ponía así, entonces?
Parecía que mi pregunta mental se iba a quedar sin respuesta, porque Samuel no articuló palabra. Así que, esta vez, me decidí a romper su silencio.
—¿Qué ocurre?
—Pues… —articuló, con voz insegura —, todavía hoy, Kat, cuando pienso en cómo te convertiste, me parece que hubo algo extraño. Pero no sé el qué. Yo nunca antes había hecho nada parecido, pero había oído hablar mucho, muchísimo de ello. Tal vez sea que, simplemente, me lo había imaginado de una manera diferente y me sorprendió ver que no era así. Pero no puedo evitar sentir que hubo algo que no fue normal… Y me preocupa que compares lo de la piedra con la fluctuación. Temo que en esta ocasión también haya pasado algo raro.
Sentí que mi rostro palidecía. ¿Es que no había nada normal en mí? Sacudí la cabeza para deshacerme de ese pensamiento: estaba harta de no tener un día tranquilo en el que no pensar en mis problemas de ángel-raro. Por esa razón me había ido de Codeeral, ¿no? Quería estar con Samuel como una pareja normal. Y quería hacerlo ya.
—Olvídalo —le pedí, aunque en mi voz había implícito cierto tono de orden —. Ahora ya estoy bien, Samuel. ¿Para qué agobiarse con el tema? —le sonreí para tranquilizarlo. Las comisuras de sus labios se elevaron un poco, como si él tratase de reprimir la sonrisa sin conseguirlo del todo —. Y ahora, coge esas patatas fritas que hay junto a la ventana y ven aquí, anda.
Esta vez no fue capaz de contener la sonrisa en absoluto y sonrió enseñando los dientes. Cogió la bolsa que le había indicado y volvió a sentase a mi lado, muy pegado a mí. Y así, comiendo patatas fritas, charlando despreocupadamente y lanzándonos comida a la cara cuando nos sentaba mal una broma del otro, el tiempo fue corriendo y la luz del día fue entrando tímidamente por la ventana.

Al día siguiente, llegué al trabajo antes de lo normal. No había vuelto a conciliar el sueño en toda la noche, así que no tuve mi problema matutino al separarme de las sábanas. El bar estaba algo más lleno que normalmente, cosa que me sorprendió. ¿De verdad había tanta gente madrugadora en este pueblo?
Vi a Josh limpiando una mesa y abrí la boca para saludarle. Pero antes de que pudiese articular un «buenos días», su voz me interrumpió.
—¡Katy! —exclamó —. Acaba de marcharse la chica del otro día, que vino otra vez a preguntar por ti. ¿La has visto?
—No —respondí confusa.
Mi compañero dejó el trapo sobre la mesa que estaba limpiando, me agarró del brazo y tiró de mí hacia la puerta. Asomó la cabeza hacia la calle y miró frenéticamente hacia ambos lados. Yo le imité pero no vi ningún rostro conocido. Josh volvió a entrar dentro con cara decepcionada.
—No está… pero has tenido que cruzarte con ella —insistió.
Sacudí la cabeza. Me había cruzado con mucha gente de camino allí, pero nadie dio señales de querer hablar conmigo.
—¿No te dijo qué quería?
—No —respondió con sencillez —. Dijo que ya volvería.
Me mordí el labio inferior. ¿Qué persona de aquel pueblo podría tener razones para querer hablar conmigo?
—¿Cómo era?
En el medio segundo que tardó en responder, mi corazón pareció detenerse esperando escuchar un «bajita y pelirroja» salir de los labios de Josh. Pero sabía que era imposible.
—Pues… Está muy buena.
Bufé.
—Con eso no me dices nada, Josh —le sonreí para no sonar borde —. Venga, en serio, ¿cómo era?
Josh retomó su labor limpiando mesas. Debería cambiarme y ayudarle, pero antes quería saber lo que Josh tenía que decir.
—Es rubia, más o menos de tu altura, muy guapa. Tal vez un año o dos mayor que tú, no sabría decirte.
Intenté pensar en alguna persona conocida que se correspondiese con esa descripción, pero mi mente permaneció en blanco.
—No tengo ni la menor idea de quién puede ser —respondí, encogiéndome de hombros. En realidad, aquello me inquietaba más de lo que quería hacer ver.
Empecé a caminar hacia el baño para ponerme el uniforme, pero Josh me llamó a medio camino.
—¿Qué? —dije, dándome la vuelta.
—¿Qué tal ayer? —preguntó, con mirada ligeramente preocupada.
Contuve la respiración. ¿Se había extendido ya lo del desmayo?
—¿Ayer? —repetí, haciéndome la despistada.
Él asintió con la cabeza, con cara de estar diciendo algo muy obvio que yo no comprendía.
—Cuando te marchaste dijiste que te encontrabas mal. ¿Ya estás mejor? Iba a llamarte por la tarde al número del hostal, que lo tiene mi madre porque es amiga de la señora Smith, pero no quería arriesgarme a que respondiese el loco de su marido.
Reí suavemente.
—Me alegra saber que es huraño con todo el mundo y que no es algo personal contra mí —dije, todavía sonriendo.
La expresión de Josh, sin embargo, era menos alegre que la mía, como si se tomase el tema más en serio.
—Si solo fuese huraño no sería tan malo. Pero está loco de remate —bufó —. Condenada y literalmente loco.
Fruncí el ceño, extrañada. Tenía la sensación de que había algo de lo que yo no estaba al tanto.
—¿Loco? —pregunté, consciente de que con solo esa palabra bastaría para que me lo contase todo. Si algo había aprendido en sus semanas en el pueblo, era que los cotilleos se extendían a la velocidad del rayo.
—Sí. ¿Nadie te lo ha contado? —negué con la cabeza —. Hace año y medio, o así, estuvo acusado de agredir a un hombre. Al final pagó una multa, muy cara, por lo que tengo entendido, pero se libró de la cárcel y esas cosas.
Genial, pensé para mis adentros, por encima era un psicópata agresivo. Y yo vivía bajo su mismo techo…
—¿Por qué lo hizo? —inquirí.
En esta ocasión, Josh sí que se rió. Pero era una risa rasposa, como si aquello no le hiciese gracia realmente.
—Esa es la mejor parte de la historia. Lo hizo porque, como te he dicho, está loco de remate. De hecho, después de aquello, estuvo una temporada yendo al terapeuta. El único argumento que utilizó en su defensa era que aquel hombre era un ser antinatural… un ángel. Una verdadera locura, ¿no crees?

domingo, 26 de octubre de 2014

Capítulo 5

La  foto
H
acía frío y la niebla nacarada se arrastraba perezosa a ras de suelo, haciendo que el oscuro asfalto pareciese más claro de lo habitual. Cassie se arrebujó en su chaquetón y enterró la cabeza en su bufanda para que la gruesa lana le tapase las orejas. Un mechón de pelo cayó sobre sus ojos y ella lo apartó con una mano entumecida por el frío; a pesar de que había dejado crecer el pelo y ya le llegaba a los hombros, el flequillo todavía era demasiado corto para recogerlo en la coleta que se había hecho al salir de los ensayos de danza.
Había empezado a bailar un par de meses atrás y, aunque nunca había estado especialmente interesada en ello, en aquellos momentos las clases eran una de las cosas a las que más tiempo dedicaba. La decisión de dejar crecer el pelo la había tomado después de ver como contribuía la melena a enfatizar ciertos pasos y, a pesar de que su pelo seguía siendo el más corto de su clase, estaba bastante satisfecha con los resultados: había mejorado su técnica de baile y cambios pequeños como aquellos la hacían destacar aún más. Era buena, y lo sabía. Pero también era exigente con lo que hacía y le gustaba ir siempre un paso más allá, y por eso aquel día, en lugar de volver a su casa al terminar los ensayos, cogió un camino para alejarse del centro de la ciudad.
Le hubiese gustado ser lo suficientemente normal como para poder aplicar aquella ley de esfuerzo únicamente al baile, pero, ni siquiera en aquellos momentos, su vida era simple. Porque, a pesar de la marcha de Kat, ella seguía sabiendo todo. Cassie lo sabía.
Y, sin embargo, algo en su mente resonaba de manera molesta; aquella sensación era tan fuerte que en ocasiones ni la fuerte música de las clases de baile era capaz de acallarla.
«No es cierto», le decía. «No lo sabes todo. No sabes lo suficiente».
Durante días, Cassie había intentado evitar que aquella vocecilla hastiosa la controlase, pero finalmente había cedido a ella. Quería saber más, necesitaba saber más.
Y, tras un largo rato andando, sus botas se detuvieron sobre la tierra del camino que había recorrido y sus ojos castaños se fijaron en la pequeña edificación en la que esperaba encontrar alguna de las respuestas que le exigían sus constantes preguntas.
—¿Por qué, Kat? —se atrevió a preguntar en voz baja, como si aquella vieja casa en la que Samuel había vivido durante su estancia en Codeeral representase a su propia amiga —. ¿Por qué te marchaste con él?
Nadie respondió, y Cassie se acercó a la fachada para buscar una forma de entrar. Descubrió con satisfacción que una de las ventanas no estaba bien cerrada y, tras un par de intentos y bastante esfuerzo debido a su reducida estatura, consiguió deslizarse al interior de la casa. Las luces no se encendieron cuando Cassie pulsó los interruptores, así que se conformó con la luz blanquecina que entraba por las ventanas. Con dudas y sin saber por dónde empezar o qué buscar, la joven abrió puertas y cajones, con la esperanza de encontrar algo que le llamase la atención. Sin embargo, la búsqueda en el salón y en la cocina terminó rápido y sin más resultados que una foto de un niño rubio, que debía de ser Samuel, con una mujer adulta.
La muchacha sacó la foto del marco y se la guardó en el bolsillo de la chaqueta, sin importarle que se doblase. Luego, se plantó ante las tres puertas de la pared opuesta a la entrada, con gesto inseguro y sin saber a cual dirigirse primero. En su mente resonó una de sus múltiples charlas con Kat y se dijo que lo más práctico sería empezar por aquella habitación extraña de la que su amiga le había hablado, pero no conseguía recordar que puerta era, así que las fue abriendo una por una. La primera, una habitación. La segunda, un baño.
Miró a la tercera puerta, sintiendo el corazón latirle con fuerza contra el pecho y la cabeza bullirle con todos sus recuerdos. Mientras apoyaba la mano en el pomo de la puerta, no pudo evitar preguntarse si en aquella habitación, que su mejor amiga le había descrito como un lugar lleno de maravillas y horrores, encontraría lo que había ido a buscar. Lo que fuese que había ido a buscar, aunque ni siquiera ella supiese qué era.
Aunque no quisiese admitirlo, en lo más profundo de ella ardía una incandescente llama de desconfianza hacia Samuel. ¿Cómo confiar en él después de que mintiese a Kat e hiciese que lo pasase tan mal? ¿Cómo confiar en un ser de naturaleza maligna como lo era un ángel negro? ¿Cómo confiar en la persona que había hecho que su amiga se fuese? Cassie quería creer que Samuel era realmente el agradable chico al que ella creía conocer, pero nadie podía asegurarle aquello. Nadie podía asegurarle que Kat, que como ella sabía había actuado de manera precipitada y con confusión, estuviese bien a su lado.
Con la decisión de encontrar algo que calmase su preocupación, abrió la tercera puerta.
En la pequeña estancia no había ventanas, y toda la luz con la que contaba Cassie era la que se colaba por la puerta. Al principio sus ojos no veían nada más que siluetas borrosas, pero a medida que se fue acostumbrando a la ausencia de luz, cayó en la cuenta de que apenas había nada que ver.
Las estanterías estaban casi vacías, muy faltas de los libros, botes, cajas y armas de las que Kat le había hablado. Apenas quedaban un par de libros, una caja y tres o cuatro botes, aunque no había ni rastro de armas. Cassie estaba segura de que aquel cambio no se debía a que su amiga hubiese mentido en su descripción del lugar; alguien había estado allí y se lo había llevado todo. Y, al escuchar unos pasos a su espalda, un sudor frío se deslizó por su columna y una certeza igual de fría cayó sobre ella: ese alguien estaba allí.
Cassie se giró con rapidez e instintivamente se apresuró a pegar la espalda a una pared, consciente de que la única salida de aquella estancia estaba bloqueada por el recién llegado. Intentó diferenciar su cara, pero al alzar la vista hacia él, la luz que entraba por la puerta la cegó, ahora que estaba acostumbrada a la oscuridad, y todo lo que pudo ver era que se trataba de un hombre de complexión fuerte. De manera que fue su voz la que hizo que le reconociese:
—¿Qué haces aquí, joder? Te lo dejamos muy claro cuando ella se fue: No te metas.
Cassie aflojo un poco la tensión de su cuerpo, pero solo un poco.
—Isaac —dijo, en algo que pretendía ser un saludo frío —. Yo también hablé contigo en ese momento y sigo firme a lo que dije.
Su voz pretendía ser firme, pero la mera presencia del ángel hacía que se estremeciese. El recordar aquella conversación de la que hablaban no contribuía a tranquilizarla, pues cada una de las palabras pronunciadas en ella se había quedado gravada a fuego en la mente de Cassie.
Recordaba los gritos de Kevin, el padre de Kat e Isaac, al descubrir que su hijo le había ocultado que estaba al tanto de que Cassie conocía la existencia de los ángeles. También recordaba, y con mayor claridad si cabe, como le habían ordenado que se olvidase de todo y se mantuviese al margen.
«No puedo olvidarme. Aunque quisiese, no puedo. Kat era mi mejor amiga y estoy tan preocupada como vosotros o más. No voy a mantenerme al margen». En el momento en el que había pronunciado esas palabras, un extraño convencimiento la había invadido por dentro. Sin embargo, la mano férrea de Isaac apenas tardó unos segundos en caer sobre su brazo, para aferrarlo con fuerza, y su voz siseó junto al oído de Cassie: «He dicho que te olvides de todo, Cassandra».
La joven seguía decidida a no mantenerse al margen, pero Isaac le daba miedo, incluso más del que le causaba Kevin, que se había desentendido de Cassie tras gritarle unos minutos en aquella ocasión. Pero Isaac no; él seguía ahí, para atormentar a Cassie. Era una emoción tan primaria que ella no conseguía que ningún argumento racional aplacase aquel temor y, en aquel mismo momento, tuvo que cruzar los brazos sobre el pecho para disimular un poco el temblor que los atacaba.
Isaac se separó del marco de la puerta, donde estaba apoyado, y avanzó unos pasos en dirección a Cassie, que intentó inútilmente retroceder más.
—Puede —murmuró Isaac con voz fría mientras seguía avanzando hacia la chica —que en nuestra última conversación no me explicase con claridad —cuando terminó de hablar estaba tan cerca de Cassie que podía ver el resplandor amenazador de sus ojos azules en la oscuridad.
La muchacha no sabía muy bien cómo interpretar la fría mirada de su acompañante. Sentía el labio inferior temblarle con inseguridad y empezó a arrepentirse de haberle replicado: aunque siguiese siendo fiel a Kat, le hubiese gustado evitar aquel tipo de desafíos. El silencio que se extendía entre ellos era tenso, tanto que la chica pensó que ninguna de las palabras de Isaac podría incomodarla más. Bastó con que él abriese la boca para comprobar que no era así.
—Eres estúpida.
Cassie intentó mantener la boca cerrada, pero no pudo evitar enrojecer de enfado y decir con la mandíbula apretada:
—¿Por qué?
—Porque —respondió él, con una media sonrisa burlona — a Kat no le importaste lo suficiente para decidir quedarse, y aún así tú sigues preocupándote por ella.
Cassie frunció el ceño. Sabía que aquello no era cierto, que Kat se había preocupado por ella de igual manera que ella por Kat. Pero una parte de la joven se sintió incomodada. Por mucho que su amiga la apreciase, había preferido marcharse con Samuel… Sacudió la cabeza para deshacerse de aquel pensamiento; era a Isaac a quien debía odiar, no a Samuel, y mucho menos a Kat.
—Tú sí que eres estúpido —le dijo.
Él dejó escapar una risita desdeñosa, pero su mirada evidenciaba que no encontraba nada divertido en aquella situación. Se acercó aún más a Cassie y agarró su barbilla con la mano con más fuerza de la necesaria.
—No deberías hablarle mal a un ángel cuando nadie sabe que estás en una casa abandonada en medio del bosque —dijo con voz seca. Cassie se estremeció asustada y contuvo el aliento hasta que él le soltó el rosto —. Ahora, márchate.
—¿Por qué no le contaste a tu padre que yo sabía lo de los ángeles cuando te enteraste?
Hasta que no hubo formulado la pregunta, no fue totalmente consciente de que lo había dicho. Incluso en ese momento sentía las palabras como algo ajeno a ella, aunque no dijo nada más, sino que guardó silencio para esperar la contestación del chico.
—Te he dicho que te largues —fue toda su respuesta. 
Cassie no dijo nada. Desvió su mirada de la de Isaac y se hizo a un lado para dirigirse hacia la puerta. Salió primero de la habitación y luego se escurrió por la ventana para salir de la casa y, cuando se aseguró de que Isaac ya no podía verla desde la casa, echó a correr.
Cuando el cansancio pudo con ella y se detuvo a recobrar el aliento, algo se encendió en su mente. Introdujo la mano en el bolsillo y sacó la fotografía que había cogido antes de que llegase Isaac. Frunció el ceño al descubrir que, por la parte de atrás, había algo escrito.
Un número de teléfono. 
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Antes de nada, siento haber tardado tanto en subir el capítulo; intentaré ser más rápida a partir de ahora.
Como veis, este capítulo es algo diferente a los demás: en tercera persona, desde el punto de vista de Cassie... Pero bueno, no quería dejar atrás Cooderal mientras que Kat no está allí. Así que de vez en cuando introduciré más capítulos de estos.
Y por último, quería avisaros de que he abierto un nuevo blog, De mi mente a las letras. Por ahora solo tengo una entrada, pero intentaré actualizar a menudo.

martes, 26 de agosto de 2014

Capítulo 4

La piedra
—¿Q
ué tal te fue ayer? ¿Aprovechaste bien el tiempo libre? —preguntó Josh, con una sonrisa burlona en los labios. El olor del café que él estaba preparando llegaba a mí y aspiré con fuerza antes de sonreír y decir:
—No te imaginas cuanto.
Mi compañero dejó el café que estaba haciendo y se giró, con los ojos muy abiertos y expresión pícara.
—¿Eso es que hubo…? —levantó las cejas e hizo un gesto muy significativo y en absoluto sutil para referirse al sexo. Antes de que yo pudiese reaccionar ante su pregunta, Tiffany, que acaba de acercarse a nosotros, interrumpió la conversación.
—Joshua, si vuelvo a oírte decir algo tan indiscreto y vulgar —dijo en tono cortante—, habrá serias repercusiones. Y lleva ese café a su mesa ya, que se va a enfriar —lanzó una mirada enfadada a su hijo, que bajó la cabeza avergonzado y se marchó con el café. Luego, Tiffany se volvió hacia mí y sonrió, como si nada hubiese pasado —. Katrina, ¿podrías preparar un sándwich y llevarlo a la mesa tres?
Asentí, agradeciendo por dentro que hubiese aparecido para detener la conversación antes de que Josh pudiese ver mi claro rubor. Y, mientras preparaba un sándwich, no pude evitar sonreír mientras recordaba la noche anterior.
Samuel y yo habíamos acabado de abrir los regalos a un tiempo. Yo le abracé para agradecerle el precioso jersey verde, el lienzo y las témperas que me había dado; y él, tras ver la cámara de fotos que yo le había comprado, se acercó a mí y, cuando ya estaba lista para recibir su beso, descubrí con molestia que este caía en mi mejilla y no en mi boca.
Antes incluso de ser consciente de las palabras que salían de mi boca, dije:
—Samuel. No soy tu hermana. Soy tu novia.
Sentí como me sonrojaba después de decirlo, pero tenía la incómoda sensación de que era como una hermana como lo que me veía Samuel desde nuestra huida. Se había obsesionado tanto con protegerme que ya apenas nos mostrábamos cariño. Y era algo que echaba de menos.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, con la clara confusión pintada en sus ojos verdes.
Bufé y sentí como algo parecido a la congoja se instalaba en mi garganta.
—¿De verdad no lo ves? —mascullé bajando la cabeza —. Ya casi ni me besas, desde hace un tiempo parece que me quieres como a una hermana en lugar de como a una novia. Hace casi un mes que dormimos siempre en la misma cama y todavía no hemos… —callé de golpe, sintiéndome más avergonzada de lo que me había sentido en la vida.
Samuel se sonrojó incluso más que yo, lo que ya era difícil y me tomó la mano. Durante un segundo no habló, como si no supiese que decir. Le miré y volví a ver como afloraba en su mirada ese niño que solo se mostraba cuando él estaba inseguro.
—Siento haber sido tan frío… Pero no quería forzarte. Quería darte espacio porque siento que hasta ahora te he presionado demasiado. No tenía ni idea de que tú querías… que nos acostásemos. No quería sentir que te obligaba a ello —su voz era apenas un susurro, pero sus palabras resonaban en mi cabeza como si estuviese gritando.
—En realidad —confesé en su mismo tono de voz— no estoy segura de si quiero hacerlo. Pero quiero… que volvamos a estar como antes. Poder besarte sin que parezca que te molesta.
Samuel levantó la cabeza y vi dolor en sus ojos. Me sentí mal por un momento, porque sabía que mis palabras le habían hecho daño, pero sentía que explotaría si no lo decía de una vez por todas. No tuve mucho más tiempo para sentirme mal por ello, porque Samuel se lanzó a mi boca y comenzó a besarme con ímpetu. Yo le correspondí mientras sentía que mi boca, mi mandíbula, mi cuello… ardían bajo sus besos.
Y al final, eso de lo que no estaba segura ocurrió. Y en ese momento, estuve segura.
Volví a la realidad, al bar, cuando Josh volvió a la barra. Se disculpó por haber sido obsceno antes, y yo hice un gesto con la mano para quitarle importancia y salí a llevar el sándwich a su mesa.
—Por cierto —dijo Josh cuando regresé —, no sé si mi madre te lo habrá dicho, pero ayer, después de que te marchases, vino una chica y preguntó por ti.
—¿Una chica? —repetí extrañada —. ¿Quién era?
—No lo sé.
—¿Y qué quería?
—Tampoco lo sé —respondió, encogiéndose de hombros —. Le pregunté si quería que te dejase un recado, pero dijo que no era necesario.
Fruncí el ceño, intrigada por quién podría ser la chica. Apenas conocía a nadie en el pueblo y no me imaginaba la razón por la que podría querer verme, pero dejé el tema pasar. Si era importante, volvería.
Pero no volvió.
Ni ese día ni ninguno de esa semana, que pasó sin ningún altercado ni en el bar ni en la pensión. Samuel y yo estábamos mejor que nunca. Y empezaba a sentirme realmente a gusto en el pueblo.
Josh me presentó a sus amigos y Samuel y yo pasamos el día de fin de año con ellos, en el bar, cenando y charlando como si fuésemos amigos desde hacía mucho tiempo. El único inconveniente de todo aquello eran los momentos de bajón que experimentaba en ocasiones cuando estaba con ellos: no podía evitar pensar en Cassie. No podía evitar preguntarme cómo estaría y qué estaría haciendo.
Cierto día, estando junto a la playa, Annie, una chica de largos rizos castaños amiga de Josh, nos preguntó:
—Y vosotros dos, ¿cómo vinisteis a parar aquí?
Samuel, que de nosotros dos era el que más soltura tenía a la hora de relatar ese tipo de historias, empezó a contarles la historia que nos habíamos preparado al llegar al pueblo. Todo el grupo escuchaba con atención la historia de la rebelde que se marchó de casa, harta de unos padres que apenas le hacían caso, y de su mejor amigo de la infancia, el estudiante que lo había dejado todo por ir con ella. Normalmente me gustaba escuchar la historia, tan repleta de pequeños detalles que hasta yo llegaba a creérmela un poco, e imaginarme que las cosas habían sido así realmente.
Pero ese día solo podía pensar en que no eran así. Y la pregunta de Annie me había hecho recordar todo lo que tanto había intentando reprimir en mi mente. Me levanté del banco en el que estaba sentada y les dije al grupo de jóvenes:
—No me encuentro muy bien… Voy a ir a tumbarme un rato al hostal.
Samuel me miró preocupado y se levantó:
—Te acompaño. —dijo.
—No es necesario. El hostal no queda lejos de aquí y no estoy tan mal, solo tengo el estómago algo revuelto —Samuel me miró con insistencia y yo le sonreí para que no se preocupase —. De verdad.
Aquello era de todo menos verdad, pero pareció convencer a Samuel, que se sentó de nuevo. Me despedí con la mano y eché a andar.
Me pregunté si Samuel habría llegado a creerse que me sentía mal, pero le agradecía que no hubiese insistido en venir conmigo. En ese momento me hacía mucha falta estar sola, poder recordar con tranquilidad y llorar sin ser vista. Con las manos en los bolsillos, dejé que un par de lágrimas rodasen por mis mejillas enrojecidas por el frío y que unos sollozos silenciosos escapasen de mi boca en forma de vaho.
Ya había conseguido acostumbrarme a vivir allí, cosa que al principio me parecía difícil, pero ¿conseguiría dejar de echar de menos? Lo dudaba bastante.
Llegué al hostal y me sequé las lágrimas con el dorso de la mano. Sin embargo, lo hice algo tarde.
—¿Estás llorando, cariño?
Me giré y Gretel me miró desde abajo, con aprehensión. Me acarició el brazo con suavidad y esperó en silencio, como si esperase a que dijese algo. Pero no lo hice.
—¿Por qué lloras? —dijo finalmente.
—Morriña —respondí con sencillez.
Ella dejó escapar un suspiro y me acompañó al interior del edificio. Pasamos por el recibidor, pero no me condujo escaleras arriba, hacia mi cuarto, sino que me llevó a un salón de la planta baja, que en ese momento se encontraba vacío.  Me senté en un sillón y ella se acomodó en el reposabrazos, para abrazarme por los hombros.
—Sé que es duro echar de menos. Yo también he pasado por eso, ¿sabes? Pero no siempre tiene que ser malo. Eso demuestra que tuviste la suerte de tener a tu lado a personas que valen la pena.
—Pero ya no las tengo —murmuré, mientras una nueva lágrima caía por mi rostro.
—Tal vez vuelvas a tenerlas. Hay que ser positiva —acarició mi mejilla con el pulgar, para enjugar la lágrima —. Además, estoy convencida de que todavía tienes a gente que vale la pena a tu lado. Samuel tiene pinta de ser de los que mueve montañas por ti, niña. Ahora espera aquí, ¿quieres? Te prepararé un café.
No pude evitar dedicarle una sonrisa a la mujer.
—Muchas gracias, señora Smith. Y, por favor, no le hable de esto a Samuel.
Ella asintió y salió del salón, y en ese momento descubrí que ya no estaba llorando. Todavía sentía la tristeza presente, pero había remitido bastante.
Mientras esperaba a la señora Smith, me paseé por el salón, de suelo enmoquetado, sillones mullidos de color crema, muebles oscuros y estanterías repletas de libros y objetos decorativos.
En la otra punta de la estancia, sobre un estante, hay una piedra ovalada de superficie pulida y color azul pálido. No sabía qué era lo que me había llamado la atención de ella, pero no separé la vista. Me acerqué allí, con unas ganas de tocarla difíciles de explicar. Arrugué la frente al ver que, a medida que me acercaba, la piedra iba oscureciéndose, volviéndose de un azul más intenso a cada paso mío.
Cuando llegué a junto la estantería, no pude reprimir un ligero suspiro. Aquella piedra, a pesar de su sencillez, era una de las cosas más bellas con las que me había encontrado nunca. Levanté la mano y la acerqué a ella, haciendo que se oscureciese un poco más.
—Aquí tienes el café, cariño.
Escuché la voz de la señora Smith tras de mí, pero no tuve tiempo a asimilar lo que decía porque cuando mi mano entró en contacto con la piedra, sentí una enorme sacudida y me desmayé.